martes, agosto 04, 2009

Dos de Oscar Altamirano


se es necesario morir tan joven

-refìn en 7 tonos

 

I

cuando apenas descansa el mediodía

sobre los peces de las agotadas sonrisas

y un nudo de colas sudorosas se alista en los cafés

cerca de algún tugurio burocrático

y/ cuando/ generalmente tienes los

huevos flácidos y deséas un cepillo de

dientes más que una boca roja

ebria de cognac

o un culo tan robusto como tu gula lo antoje

dentro e inmediatamente fuera

de un blue jeans recién enjaretado

oh se piensa/ se recontrapiensa

en la inmadurez de quien se tiene que

morir de viejo

 

II

y por la noche te estás desesperando

cuando sabes que te quedan tres magníficos

miserables pesos

para tomar el bús que te va a arrojar ahí

cerca y llegas a tu cuarto

donde vas…. diablos!

a estar/ permanecer solo

a tocarte el cuerpo con tus dedos fríos

a contemplar la regadera abierta/ el agua

como escultor del aire

y que tienes que vomitar tu cuerpo sobre

la cama catre o perro suelo

y jalar con tu propia mano la cobija….

solo falta/ te remueles/ que toque a

tu puerta una hermosa chica

y saltas y abres y te dice

no compra leche….?

(tocan a tu puerta)

 

III

siempre –alguna vez- se tiene

demasiado tiempo para envejecer

para ser viejo

pero no se puede ser tan joven

ser joven tan premeditadamente

tan deliberada y espaciosamente

he de ahí la necesidad

la inmediatez imprescindible

de no perder de vista tus días inmortales

: todos

 

IV

el bochorno absurdo de la vida

es que tengas que etiquetar cada 24 horas

como un nuevo ejemplar

 

V

se te ocurre zafarte un zapato y rascarte la

planta del pié

entonces piensas en tu querida amante

y le dices con tu acre pensamiento

voy a verte ahora….

y te codéas con el barandillo para distraerte

a ver si te pierdes de vista y

te dejas ahí….

 

VI

vuela que vuela…. (paloma mía….)*

la vida

se te escapa

ella sí te perdona

si habría que perdonar que

seas fulano de tal

un paria incorregible

a costa

de toda costa

 

VII

te estás masturbando/ te masturbas

-mastúrbate

te vuelves a masturbar/ te masturbas

te remasturbas

te recontramasturbas

te requemasturbas

te

mas

turbas

QUÉ OJETE….

 

 

 

*canción de dominio público

 

 

1981

 

 

 

-el embudo (call) para nora del mundo….

voy a arrullarte como a una niña caprichosa

hasta el fin de su lloro

ven

no me mires más como me miras

como la vida que no tienes

como el brazo musculoso y dilecto de tu dios

como la masturbación de tus deseos

como el hijo primogénito del tiempo

como el ombusdman de tus angustias

como el cabrón que le vale madre

como altamar

como hacedor de agujeros al corazón de los tornados

como metepito en los iglúes

como el apodo de la carne

como rebelde del apocalipsis

como confesionario de las once mil vírgenes

como la eyaculación espontánea

como embuteguevos

como escojeputas

como moneda para la rockola

como cúspide de siete polos

como capilla sixtina

como oreja de van gogh

como mondadientes de los días

como jazz power

como blues man

como rumba zamba y son

como vino en el aparador

como botella descorchada

como sabiduría de botellas descorchadas apilándose

como aguamiel

como chicha

como jugos genitales evaporando

como apando de la sensualitè

como llovizna de cuerpo entero

como aguacero de pelo en pecho

como gran can

como el padrote de la eternidad

como ad infinitum

como quinto poder

como che

como axioma

como epojè

como quitacorchos

como recórcholis

como jon ron

como bum bum

como ??!!

como chiras pelas

como opúsculo del crepúsculo

como ubre del delirio

como maratón del éxtasis

como lawrence de américa

como el amante de las hijas de mr. dead

como bastardo de las hijas de mr. dead

como prótesis de la sexualidad de tu alma

como espíritu de la eyaculación galopando el unicornio azul

como extenso muslo izquierdo

como rebanada de extenso muslo izquierdo

como ojo que mira al ojo

como rama a zita en el fuego

como zita en el fuego a rama

como lama honoris causa

como espejismo

como coito de cinco velocidades

como sexto después del cuarto

como patentaclímax

como lengua talla EG

como finas cerdas de esa lengua

como in situ

como in promptu

como canguro deslizándose en el niágara

como estampida de pinguinos

como búfalo dormido

como cabeza de aveztruz

como segundos cayendo del reloj

como vista aérea de macchu picchu a 78272 centímetros

como ferrocarril de ciento un carros

como encendido electrónico

como control remoto

como el ying y el yang

como nova

como supernova

como hoyos negros

como gárgaras de hoyos negros

como aerolito sobre tu cabeza

como el sonido CUAJ

como otro CUAJ

como estertor

como stop

como cenote sagrado

como luna llena

como fondo en los espejos

como exilio

como azotea

como aguanieve

como reencarnación de rasputín

como pergamino perdido de nostradamus

como lámpara con el genio de ben hur

como escalera egipcia

como tragedia en yiddish

como explosión de bethobeen

como estaciones de vivaldi

como sonata de bach

como stradivarius para yehudi menuhi

como editor del alba

como ritual del ocaso

como hechicero

como nieto de susana sanjuan

como los clientes de la cándida eréndira

como poema de bretón

como mansión de su majestad dalí

como huella de sir bukowski

como recital de cohen

como estetismo de cavafis

como arrancacorazones de vian

como cantares de pound

como narrativa borgiana

como favorito de lesbia

como nueva tierra baldía

como espíritu de las cartas de joyce a barnaclé

como cruzada de brech

como dolor vallejiano

como cuervo de poe

como paseo de huerta

como hijo de la madre de ginsberg

como redención de huidobro

como perfume de shuskind

como máscara de mishima

como secreto de marilyn

como héroe de dostoiewski

como solo de sax de jarret

como concierto de little richard

como canción de dylan

como el jefe jagger

como jim o erick

como inédito de buñuel

como psique kafkiana

como las playas de storni

como contrahábito de asbaje

como escultura viviente de rodin

como reconsagración de milo

como sentencia de blake

como criatura de lautréamont

como lienzo de kalhó

como figura de picasso

como dibujo de miró o cabral

como trazo japonés de los abismos

como arrugas del culo palpitando

como túnel

como avalancha

como COLCHÓN INMENSO

como el embudo

como el pata de perro que soy y seré toda mi vida

o como me miras no me mires

solo ven a enternecerte

a perder de vista al enemigo

como dijo arthur rimbaud y roberto bolaño

reinventemos el amor

ven: NO RETROCEDERÁS


Pretérito simple

Fueron racimos de promesas y palabras escamosas, estrafalarias risas de desconocidos, en lugares igual de desconocidos; fue su olor a piel mojada, a piel quemada, al perfume con promesa de extinción. Fueron, también, semanas de llanto, días de orgasmos, estrepitosas huidas y, una que otra vez, mi cabeza en la pared. Fue el atisbo de felicidad como conejo eléctrico de galgos, aún cuando el perro se cansa de perseguirlo vuelve para tentar: un diente de león a cuentagotas, paciente espera por la mordida. Al final las memorias se reciclan, una cerveza fría es igual a las demás, esté quien esté para decir salud, los labios se adhieren al vaso buscando lo mismo, el brindis se olvida con la distancia del día siguiente, algunos labios también. El mágico momento en una cabeza es rutina para la otra, lo que para unos es amor es trabajo para las putas, pero la más puta es la memoria, que se ofrece al mejor postor, que se resigna y suplanta al mínimo estímulo, que contrasta y deshecha, una puta fina pero vulgar, una puta que todos aman. Y ahí queda la memoria, aislada en la mente individual, una alcancía de monedas sin valor, que cada uno guarda cual tesoro de galeón hundido, una versión más de lo que fue. 

Qué importa si lo que fue no dejó de ser, si el pasado en un texto es más bien un pretexto, si lo que el camello carga en la joroba en realidad no es agua, sino whiskey o pus. Qué importa todo si sólo lo puedo recordar.



sábado, julio 18, 2009

Don Juan Derrotado

Todas mis mujeres quieren estar con otro.
Me abandonan por un adolescente,
alaban a su esposo mientras yo las estrecho,
se van con periodistas,
con autistas,
con rubios bien dotados,
con guerreros
y cantantes venidos de ultramar.
Todas son bárbaras, histéricas,
infieles: me acarician
con el filo azorado de un puñal de lencería
y se lanzan a bailar en la inmunda taberna
montadas en los ácidos corceles del calor.

(Siempre bailan con otro:
mi vida es un gazapo entre las pausas de la orquesta.)

Yo las deseo entrecortadamente,
como un caimán imbécil y violento
que gusta de la presa aderezada con veneno.
Yo las deseo en las cornisas más esbeltas del amor.
Abismos sucesivos y dádivas perpetuas,
sus cuerpos se prolongan en mí hasta confundirse:
una compra cortinas,
ésta me pide que por favor la abofetee,
aquélla está sentada en un parque vacío,
la mirada perdida, comiéndose un helado.
Yo les muerdo los cuellos,
les palpo cada legua de la piel,
les hablo con la piedad de un epiléptico
que habla a sus pesadillas.
Ellas no duermen nunca: su único empeño
es la traición.

Celosas. Inconstantes.
Me arrojan de sus vidas como a un príncipe azul
que es echado de la fiesta de disfraces
con nada más que un vaso desechable en la mano.

Todas me engañan. Todas.

En sus brazos,
yendo de unos a otros brazos,
me siento como César, que miraba
–mientras ardían en su pecho los cuchillos–
algunos de los rostros que más amó.


Julian Herbert

viernes, julio 17, 2009

In the words of a dead bastard

Here I Am ...



 drunk again at 3 a.m. at the end of my 2nd bottle
of wine, I have typed from a dozen to 15 pages of
poesy
an old man
maddened for the flesh of young girls in this
dwindling twilight
liver gone
kidneys going
pancrea pooped
top-floor blood pressure.

Confession



 waiting for death
like a cat
that will jump on the
bed

I am so very sorry for
my wife

she will see this
stiff
white 
body
shake it once, then
maybe
again

"Hank!"

Hank won't
answer.

it's not my death that
worries me, it's my wife
left with this
pile of
nothing.

I want to
let her know 
though
that all the nights
sleeping
beside her

even the useless
arguments
were things
ever splendid

and the hard 
words
I ever feared to 
say 
can now be 
said:

I love
you. 

Trapped


 don't undress my love
you might find a mannequin:
don't undress the mannequin 
you might find
my love. 

Yes Yes
 when God created love he didn't help most
when God created dogs He didn't help dogs
when God created plants that was average
when God created hate we had a standard utility
when God created me He created me
when God created the monkey He was asleep
when He created the giraffe He was drunk
when He created narcotics He was high
and when He created suicide He was low

when He created you lying in bed
He knew what He was doing
He was drunk and He was high
and He created the mountians and the sea and fire at the same time

He made some mistakes
but when He created you lying in bed
He came all over His Blessed Universe.

Charles Bukowski

jueves, julio 02, 2009


Cada trago conlleva su propia resaca.

Cada mujer conlleva su propia condena.
Can - I


Una perra mueve su cola al verme
- estúpida perra -
ve al mundo nuevo y emocionante
con la lengua de fuera y los colmillos afilados
ladra al mínimo movimiento
de lo desconocido.

Mas qué conoce la perra
que no sea volátil y fugaz
como su propia vida,
volátil y falaz
como mi propia vida.

La perra obedece las órdenes
de un mundo bípedo
- estúpida perra -
que la controla a placer.
A ratos.

Excava en el jardín
tal vez buscando la verdad
de un pasto artificial
podado cada de vez en cuando.

La veo procesar pensamientos
y asimilar mejor
que ella y él
en un campo de fútbol.

A veces creo que sonríe y llora
me conmueve una línea blanca en su pecho
la acaricio y le reclamo
toda su bestialidad
su falta de civilidad
entonces creo que me entiende
- estúpido yo -
por el simple hecho de respirar
el mismo aire mortal.


Pupilas de unos lentes perdidos

Una luz más de amanecer
en el tragaluz de la garganta
de un perro rabioso en el camino
Puebla - México.

Luz que adormece y despierta
el sombrío pasado
de todo lo que siempre pudo ser.

No te fíes al asumir
que ha sucedido lo que pasó
antes de irte a la cama
sin siquiera haber dormido.

Luz que recuerda al pavimento
dónde pusiste la cara
todavía de noche
en el momento que te dejó.

Compra una carnaza en el Wal-Mart
para roer y roer
lo que queda por digerir
que no es nada más que otra ilusión
de la luz que no dejas de tragar.

Al final en el brillo habrá un reflejo
del sueño intermitente
que cualquier película podría ser
con tal de ser recordado.

Ve la película
con la televisión apagada.

Pero siempre
olvida.

Pero siempre
duerme.

.

martes, junio 02, 2009

Ella no está 

(diálogo)

L – ¿Bueno?

R- Qué pasó ¿No te despierto?

L - No, bueno, ya casi me iba a dormir. Estaba aquí haciendo unas cosas. ¿Ya se fueron todos?

R - Si, hace poco. Se acaban de ir los últimos, los tuve que correr, ya andaban bien pedos, además eran unos cabrones que ni conozco, ya ni supe quién los trajo…

L – Pensé que seguiría hasta el amanecer ¿Te metiste algo? Suenas alterado.

R - Pues…si, unas líneas inofensivas, nada grave.

L -Nada grave…

R – ¿Estás solo?

L – Si. ¿Por? (una mano femenina acaricia el rostro de L.)

R – Por nada, estaba pensando en ir a verte.

L – ¿Estás consciente de que son las tres de la mañana?

R – De todas formas sigues despierto.

L - ¿Para qué quieres venir?

R – No se…para platicar.

L – Podemos platicar por teléfono, además en la peda ni me pelaste.

R –Ya, no seas mamón, es sólo que tenía ganas de hablar con alguien sin necesidad de sonreír o decir salud cada cinco minutos.

L – No suena a que estés muy bien. Pero tampoco deberías manejar, no estás en condiciones.

R – He estado en peores y llegado más lejos.

L – Si quieres puedo ir a tu casa.

R – Las casas de fiesta son deprimentes cuando se vacían. El piso está pegajoso.

L – Mejor deberías de limpiar en vez de andar saliendo a estas horas.

R – Pero no quiero limpiar sólo, más bien el pedo es que no sé dónde está E.

L –¿Cómo? ¿Perdiste a tu esposa en la fiesta de tu propia casa? (L. recibe un silencioso beso en la frente, la mujer sale por la puerta)

R – Pues no está. ¿Sabes algo de ella?

L - ¿Yo? No, nada. Casi no platiqué con ella hoy. ¿Se pelearon?

R – No que yo sepa, aunque estuvo algo distante. La dejé de ver desde que te fuiste más o menos.

L – Pues no me dijo nada cuando me despedí de ella.

R – ¿No la viste con alguien más?

L – Estaba sola cuando me despedí.

R – Ya estoy medio preocupado cabrón.

L – Tranquilo, seguro regresa en un rato, sólo un malentendido.

R - ¿Pero a qué carajos saldría a las tres de la mañana?

L – ¿Ya viste si Miper esta ahí? Igual lo sacó a pasear. Igual se enojó de que andabas de coco. Igual te vio con otra vieja…

R – No creo, no me vio haciendo nada.

L – ¿Has escuchado del sexto sentido femenino?

R – Esas son pendejadas.

L – ¿Ya checaste si esta el perro?

R – Es lo que estoy haciendo, no lo veo.

L – Seguro que sacó al perro, además, si dices que andabas ahí haciendo mamadas.

R – No creo, más bien la dejé de ver desde hace rato, pensé que tal vez se había ido contigo.

L – No, para nada. ¿Por qué habría de estar conmigo?

 R - A ver espérame, creo que ya llegó.

L – Ya ves wey, y seguro trae al perro.

R – Si, ya llegó, y efectivamente viene con el perro. Pues bueno, voy a ver qué pedo, disculpa las horas.

L – No es molestia, más bien buena suerte, a ver si no te toca chinga (L. cuelga y se tropieza con un tazón en el piso de la cocina, toma un vaso con agua y vuelve a la cama).

Sacaojos

 “Tráeme doscientos de mota y dos de las nuevas pastillas rojas” solicitó Roco al teléfono.

- Dos Dutos y doscientos de hierba. Quinientos en total mi hermano. ¿A las ocho en el bar?

- Ya estás, ahí nos vemos.

Duto era el nuevo producto que habían desarrollado los cárteles mexicanos, una pastilla de ingredientes ignorados pero efectos mitificables. Tenía unos meses de haberse esparcido por distintos sectores sociales, desde que el gremio del narco se había unido a nivel nacional la inversión en investigación y desarrollo de sus productos superaba al presupuesto de varios países, los resultados se veían en drogas más fáciles de esconder, con mejores y más prolongados resultados, bajos costos, reducción de efectos secundarios. Al poco tiempo ya era considerada por muchos la droga perfecta.

Roco había invitado a salir a una compañera de la Universidad, Regina. Habían pactado salir el viernes, probar un par de pastillas de Duto y dejar que la noche hablara por sí sola. Roco no estaba tan interesado en probar la novedosa droga, de hecho no era un consumidor asiduo pero la mujer le parecía muy atractiva, razón suficiente para experimentar. El plan había sido apalabrado el martes y a partir de ese día no pudo dejar de pensar en el asunto, las expectativas subían y bajaban por sus vértebras, el calendario se prolongaba con frsutrante e inusual parsimonia.

Roco llamó a Beto para que lo acompañara al bar. Beto ya había probado el Duto y tenía más experiencia en el trato con vendedores de drogas, quedaron de verse a las siete para tomarse unas cervezas previas a la transacción. Beto estudiaba Administración; aunque no le apasionara la academia asistía a clases para evitar el reclutamiento, la guerra contra el narco dejaba cada día más muertos, sobre todo del lado del ejército, y no parecía tener fin, llevaban así casi una decada y la desesperación en las filas verdes se hacía notar.

Antes de salir de casa, Roco no pudo contener la ganas de darle las buenas noticias a Regina Desde que obtuvo su teléfono se había sentido tentado a marcar o mandar un mensaje, aunque fuera para saludar, pero siempre se arrepentía al último segundo, no quería parecer muy insistente y ahuyentarla. Sin embargo, eran buenas noticias, merecían ser anunciadas. Temió de nuevo ser demasiado entusiasta, así que mando un mensaje en vez de llamar: Todo indica que este viernes será Duty free. Se sintió estúpido después de enviar el mensaje.

Regina lo llamó.

- ¿Ya los conseguiste?

-  No, bueno sí, en eso ando, ahorita voy a ir por ellos, quedé a las ocho.

- ¿Dónde?

- En un bar, ahí me quedé de ver con el tipo que me las va a vender

- ¿Cuál bar?

- ¿Por qué? ¿Quieres venir?

- No, sólo pregunto, no me gusta lidiar con los vendedores, no me gusta su tipo.

- A mi tampoco. Quedamos en el Bar Mosca, en la esquina de la dos y la nueve.

- ¿No quieres que te vea para darte dinero?

- No, ya iba de salida, además estos van por mi cuenta.

Regina agradeció cariñosamente, aseguró que ya tenía ganas de que fuera viernes y le deseó suerte. Roco se sintió bien, creyó palpar el orgullo desde el profundo inconsciente de todo hombre al traer las provisiones a la casa, el instinto del cazador.

Debido a la llamada llegó con un retraso de unos cuantos minutos. Beto no estaba. Le marco varias veces sin éxito. Beto no era famoso por puntual así que no se preocupó y pidió una cerveza, sentado en la barra imaginó los muslos de Regina, tal vez sonrió en ese momento pero nadie lo vio, al cabo de dos cervezas más y un cigarrillo en la banqueta asumió que tendría que lidiar solo con el vendedor.

Había poca gente en el lugar, desde que se habían regularizado los toques de queda la gente ya no salía mucho. Sólo había una mesa más con tres hombres morenos de mediana edad vestidos con trajes negros. Roco se sentía incómodo bebiendo solo, le atribuía a su condición la sensación de ser observado, Aún así esperó hasta las ocho; volteaba a ver su reloj con frecuencia y salía a la calle a asomarse ocasionalmente con un cigarro apagado en la boca. Desde la entrada del lugar veía con ilusión luces de autos que podían ser de Beto, pero no lo eran. También pensaba que en algún momento tal vez Regina podría aparecer, como una sorpresa, pero eso tampoco sucedió.

A las ocho y cuarto los tres hombres se le acercaron con serenidad, “¿Rodrigo Rodríguez?”. Roco asintió con la cabeza.

- Sí. ¿Por?

- Ya sabemos qué estás buscando pinche chamaco, vas a tener que acompañarnos.

El viernes, varios diarios mostraban entre sus páginas: “Denuncia civil recompensada: reciente táctica en Guerra contra el Narco”. Roco nunca volvió a ver ni a Beto ni a Regina.

jueves, mayo 21, 2009

Plataforma al frío

En un intento de vencer a la muerte el hombre ha estado inevitablemente obligado a vencer la vida, pues las dos están inextricablemente relacionadas. La vida se mueve hacia la muerte, y negar una es negar la otra.
Henry Miller

La constante interrogante acompañada de juicio de los aún vivos, los siempre vivos. Injusto ese juicio al que se enfrentan los suicidados que ya no se pueden defender por propia boca. Los vivos sobrevaloran lo único que tienen, por temor o ignorancia, o ninguna de las anteriores, el ser en vida suele carecer de interés profundo a rechazar lo único de lo que cree tener control, la única decisión que puede hacer, o sí, tal vez, la mejor huida de una deuda bancaria o una enfermedad terminal. Algunos los acusan de evadir la realidad, cuando son los que en determinado momento puedan sentir más sed de descifrar lo que esto significa; las engañosas estadísticas aunadas a la confusa ficción, los matizan entre jóvenes en desamor o ciudadanos de países súper desarrollados que tienen garantizado un subsistir cómodo; es decir: cada suicida es su propio tipo de suicida, esto no los hace particularmente especiales, seguramente vuela por ahí más de una tesis que encuentre sus coincidencias, interesantes seguramente. Aunque igual o más interesante son sus variaciones. Desde el tipo que se dejó llevar por la desazón y se bajó por la garganta una botella de Drano, hasta Jorge Cuesta y su fin en Tlalpan, pasando por un sinnúmero de celebridades, desconocidos, jóvenes, viejos, hombres, mujeres y sobre todo: razones. Los suicidas no sólo escapan sino que prevén, como George Eastman Kodak, que en su nota de despedida escribió ‘Mi trabajo se ha hecho ¿Por qué esperar?’ aunque murió viejo, lo cual hace que su nota haya perdido fuerza. Otro tipo es el que se devota a un lento proceso deliberado, lento en comparación con el tiempo de diferencia entre el techo y el suelo, pero igual acelerado y sobre todo, deliberado, que es lo que sigue convirtiéndolo en suicidio. De este tipo hay los que prefieren el trago, otros el humo, otros cuantos cosas más fuertes y otros de plano una combinación alternada de todo, a veces esta variedad parece apostarle a la sonrisa efímera en el proceso, a veces todo lo contrario. Lo que también es cierto es que al suicida se le ha sobrevalorado, por la simple razón de que comete algo que en el fondo cualquiera llega a considerar, aunque no siempre lo acepte. Es comprensible pues, ponerle altares al que murió románticamente con la escopeta en la boca o las venas derramadas, de ser posible, en una bañera por eso de la estética. Altares de otro tipo, le otorga Roberto Bolaño a algunos suicidas latinoamericanos:
…tenemos suicidas ejemplares. Pienso en Violeta Parra, que compuso algunas de las mejores canciones de nuestro continente y […] se descerrajó un balazo junto a la carpa en donde cada noche cantaba y aullaba. Pienso en Alfonsina Sorni, la mujer más talentosa de Argentina, que se ahogó en el Río de la Plata. Pienso en Jorge Cuesta, escritor mexicano y homosexual, que antes de meter la cabeza en una bolsa, se enmasculó y clavó sus testículos en la puerta de su dormitorio, como un último regalo no correspondido. Estos suicidas ejemplares y sus hermanos gemelos, los que permanecen bajo la tormenta (entre otras cosas no porque les guste permanecer allí sino porque no tienen otro sitio adonde ir), hacen pensar que no todo está perdido, como la ola de neoliberalismo y el nuevo rebrote clerical pretenden elevar a categoría de dogma…a los innumerables asesinados por la represión hay que añadir a los suicidados por la razón, a favor de la razón, que es también el lugar donde vive el humor.
Para el Estado es la pregunta sin resolver, las letras más pequeñas del contrato que con asterisco evidencian las grietas del sistema jurídico: no sabemos que hacer con los suicidas por que no podemos castigarlos. Sin embargo legalmente sigue siendo un homicidio, de ahí lo absurdo como una ley antitabaco que parece decir ‘incluso le prohibimos matarse’. Por supuesto que al suicida poco o menos le importa que le prohíban sus planes. Los propios grupos humanos son suicidas que, como a los políticos, soplones y policías mexicanos: los suicidan, sólo que a los bloques de civilización humana los va suicidando el tiempo. Para considerarlo es necesaria una especie de alegórica comparación, pues en otras especies animales existen casos de suicidios masivos, hay registro de sesenta ballenas estrellándose contra las rocas con singular movimiento de apariencia voluntaria, una especie de brinquito que da el que se hace un nudo para meter el cuello pero con otros cincuenta y nueve simultáneamente; en la categoría individual (la más recurrente entre los nuestros) existen casos mitificables y mitificados, como los hipocampos o caballitos de mar, que se dejan morir cuando su pareja los deja, o una especie de cóndor monógamo que se deja caer desde las alturas cuando muere su pareja. Aunque difícil de creer, existe una extensa cantidad de casos de mascotas que se dejan morir ante la pérdida de un ser cercano, como el perro al que le hicieron una estatua frente a un cementerio en Edimburgo, que al morir su dueño, lo siguió a la lápida y se dejó morir a su lado.
El suicidado será siempre una interrogante para el que se queda, como la madre soltera que espera por su esposo que salió a comprar cigarros hace treinta años, el vivo se cuestiona si el que se adelantó recibirá su castigo en el otro mundo que teme pero ansía ver, o sobre todo, teme pero ansía creer en él. Resulta natural pensar en la capacidad de suicidio en otras especies, al fin y al cabo es relativamente fácil pensar en un mayor tormento y desesperanza de un perro callejero en Yucatán o un chimpancé de circo. Basta con menos de lo que aparenta para convencer a cualquier vecino de que la vida es de repuesto, común y sobrevalorada, y tal vez podría costar lo mismo o menos convencer al suicida en potencia de lo contrario, y ésta puede que sea la razón de la congoja de sus familiares cercanos al que, posiblemente, le guarden mucho rencor u odio, igual comprensible. No obstante mucho más ensalzado que el común panegírico que Julio Torri atribuyó a la oratoria fúnebre. Esto refiere a otra de las pocas garantías del suicidado, se le convierte en una especie de leyenda, la muerte poco ortodoxa, esto puede variar si uno vive en una época en la que el suicidio esta en boga, en ese caso seguramente será mayor leyenda el que fue partido por un rayo.
Como sea, el suicidio suele ir cargado de una lección, de una metáfora o ironía, si bien logrado el hecho puede tener un significado, es una muerte particular que deja más de lo que deja una común y corriente, una natural. Aunque, si se es lo suficientemente quisquilloso, cualquier muerte puede incluir algún buen significado. He ahí lo complejo del suicidio, he ahí lo vital y necesario que resulta a un sistema de vida basado en la muerte, he ahí la importancia de que el oro no es oro, sino una piedra que lleva el fluir del río.
.saludos

sábado, abril 25, 2009

Ficticida

Son pistolas y toques de queda
granadas explosivas y bombas molotov
donde parece que no hay víctimas
sólo implicados
Pero no amaina el miedo irrisible.

Que ahora una infección
de película de Danny Boyle:
cubrebocas en distintos colores.

Que esto, que el otro
la pirámide, la noche en una isla en el caribe
o una cabeza flotando en el mar.

Pero no sólo eso, siempre más
escondido debajo de momentos
que son rocas de un bosque levantadas a mano
por un imperceptible viento de crueldad.

Realidad ridiculizando la ficción.

debajo de cada piedra.

.

viernes, marzo 27, 2009

Insuficiencia re(n)al

No basta con un trago
en nombre del día cotidiano
o del sufrir febril sobrevivido
años atrás
o anoche. 
No, no basta.
No llena la sonrisa diluida
en frascos con Peptobismol
para la acidez de la realidad
que genera gastritis social:
individual y colectiva.
No basta un trago para olvidar
ni reír ni celebrar
ni azotar
en cemento frío
fresco
(==que guarda en el tiempo==)
 gritos desesperados
de un eventual pasado muerto
siempre muerto.

No basta abrir la garganta y bajarse
en el embudo vomitivo
la palabra:
(s)
(a)
(l)
(u)
(d)
el sarcasmo de las palabras
del veneno falaz que alegra
las vidas que se acaban.

Pero todas se acaban
sin haber empezado
se acaban sin esperar
su éxtasis total:
culminación vital
que nunca existió
más que en una bolsa plástica rosa
de Liverpool
de 1989.
O en un hijo perdido, 
bajo escombros
muerto de por vida
4 años antes.
Todo puede ser tumba
en el cemento
siempre fresco
esperando lapidar 
el presente, muerto
siempre muerto.

No basta un trago
ni una memoria
ni una vida
ni nada
para descifrar la razón de una sonrisa
diluida con Peptobismol.

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martes, marzo 10, 2009

El crápula perdido

 

 

En este negocio el que no es poeta o novelista de tercera persona se quedó colgado del trapecio en el aire fuera del circo. Qué más da. ¡Cómo va a saber un pobre hijo de vecino lo que están pensando dos o tres o cuatro personajes! ¡No sabe uno lo que está pensando uno mismo con esta turbulencia de cerebro va a saber lo que piensa el prójimo! ¡Al diablo con la omnisciencia y la novela!

Fernando Vallejo

 

Hace falta una especie de Henry Miller mexicano. Claro, está Fernando Vallejo, que no es mexicano pero aquí vive y en algo se le puede parecer, pero no basta. Hace falta un escritor mexicano que sea muy sexual, si se puede homosexual mejor, que sea un gran argumentador anticlerical, antigubernamental, antifamiliar; que repudie la reproducción, los días feriados, los millonarios mal habidos, los jodidos pedinches, el narcotráfico, el rancio nacionalismo, la concentración mediática, las megaurbes, el campo idealizado, el PAN, el PRI, el PRD y los demás, el centralismo, el provincialismo, el analfabetismo, la moral latinoamericana, los hipócritas discursos mediáticos, políticos, civiles e individuales, que esté enojado pues, incluso consigo mismo. Que sus críticos de mentes encandiladas lo tachen de misógino, de vulgar, de anárquico, de fascista, de comunista, de pornográfico, de escandaloso, de inconveniente, de indecente, de indecoroso, de burlón, de exagerado, de pesimista, de existencialista, de malinchista, de pretencioso, de envidioso, de resentido, de irrespetuoso y por supuesto, de puto.

            Hace falta un Miller o un Vallejo que hablen desde el ‘yo’ sin miedo, que su ficción no viva en la tercera persona de un pueblo reemplazable de cualquier país latinoamericano, es más, que su ficción no parezca ficción. Que sus personajes no se basen en arquetipos regionales: la puta, el padre, el presidente, el asesino; esos ya nos los sabemos. Que denuncie desde el ‘yo’ todo lo que le sucede alrededor, que material no le faltará. Que no acepte premios ni le de la mano al presidente, al contrario, que lo mande a la chingada y sea coherente. Que de viejo no reciba homenajes, o mejor aún, que no llegue a viejo y muera de alguna enfermedad de transmisión sexual, de algún vicio exagerado o de un suicidio solitario. Pero que antes de eso no sea ni embajador, ni agregado cultural, ni rector, ni parte del consejo de Letras Libres. Que no se desgaste intentando estar en los banquetes de intelectuales y artistas, si se puede, que no crea en estos términos. De preferencia, que no sea ni del DF, de Guadalajara o Monterrey y si lo es que no sea de sus centros ni de sus colonias ricas. Que si lo entrevistan para la televisión le teman, o que ni siquiera lo quieran invitar. Que sus padres no sean ni adinerados, ni escritores, ni famosos ni se autodenominen artistas. Que publique por montón y que sea versátil: que brinque del cuento a la poesía sin dejar de ser igual de enérgico. Que no respete a Borges ni a Rulfo ni a Paz ni a García Márquez ni a Fuentes ni a Cortázar. No que tenga algo en contra de ellos, o tal vez sí contra más de uno, pero que no tenga el más mínimo interés en seguirlos reproduciendo.

            Un escritor que en sus novelas de primerísima persona no tema mencionar los nombres de sus familiares y conocidos, que no limite la explicitad de sus encuentros sexuales, que no disimule su sentir. Vaya, un escritor mexicano que no se autocensure, ni por su moral, ni por sus conocidos, ni por una convocatoria, ni por dinero, mucho menos por su editorial o su mujer (u hombre). Pero sobre todo, que no se autocensure por miedo.

            Un autor que se defienda por si solo, sin generación, sin ‘boom’ ni ‘crack’ ni nada. Que esté consciente de sí mismo, de la historia, de la naturaleza, de la suya y la de su país. Que se ría de todo, pero no como alternativa nerviosa sino con humor deliberado, a veces negro a veces rojo, sin caer en el albur fácil ni en la ironía inmediata. Que no escriba sobre la Revolución Mexicana a sus cien años. Que no le tema a la muerte. Que no por ser el Miller mexicano intente imitarlo a toda costa, o más, que deteste esta burda comparación.

            Este escritor imaginario seguramente sería asesinado, amenazado, censurado o expulsado del país, o por su propio pie se iría para después volver entre chiflidos, o no. Probablemente pasaría desapercibido, no tendría espacios para publicar y moriría enfermo, hambriento y solo. De ser así tal vez este escritor ya vivió y ya murió muchas veces sin ser leído. Mientras tanto, como lector, seguiré esperando la siguiente crítica simplona de Sheridan, la crónica musical de Villoro, el ‘nuevo’ cuento rulfiano. Si no eso, más de lo mismo, más de los mismos.  Con tanto que queda por decir.

.saludos

sábado, enero 31, 2009

Ella, sus teclas, nuestra relación



El primer contacto que tuve con una computadora fue hace más de diez años, tal vez más de quince. Yo era un niño y la pantalla negra con recuadros parpadeantes en luz anaranjada no me parecía tan nueva ni impresionante: nada que no hubiera visto en la televisión. Resultaba lógico que consiguiera con su debido tiempo, los productos que aparecían en pantalla. Conseguir una computadora había sido cuestión de tiempo y ahora estaba frente a mí, como la de Batman o la de Zabludowsky: un teclado rígido, carcasa plástica gruesa que contenía una pantalla negra, sólo variaban los tonos de las luces parpadeantes: blanca, amarilla, algunas pocas incluso verdes, pero la mía era naranja. 

El lenguaje para comunicarse con estos armatostes era complejo, muchos ‘//’ y ‘--‘, muchos puntos y palabras abreviadas al más estilo gringo. Que no es inglés precisamente, sino el resultado de una sincera tradición por abreviar las palabras.  Ni siquiera recuerdo las operaciones o actividades mentales artificiales que era capaz de ejercer el aparato. Sólo recuerdo una: un código de casi dos renglones que mostraba a Madonna enseñando una chichi. Lo memoricé, al darle ‘enter’, la tecla más gorda, iba apareciendo la cantante que tanto le gustaba a mi tía la más joven y a mi prima la más grande, de abajo a arriba con un bip por cada centímetro subido, y enseñándome su seno en pixeles anaranjados. Ahí comenzó la relación con la computadora.

Desde ese día su forma ha cambiado y diversificado, sus funciones son más complejas; el contenido de su pantalla ha rebasado al de la televisión, ayudó sin duda a que me despidiera de esa otra máquina, estúpida niñera boba, perra adictiva. Recuerdo buena parte de mi infancia y adolescencia frente a ella, consciente del desperdicio de oxígeno que generaba, sí, pero hipnotizado auténticamente. En fin, eso le agradecí al ‘ordenador’, castizo término que resulta más apropiado para la relación que con este se ha ido desarrollando. Ordenador.

Absorbe mis textos, mis fotografías, mi música, mi vida privada limitante con mi vida pública. Maneja un doble discurso, aparenta sencillez y una blancura en su buscador por excelencia, imponente ventana al universo humano: Google. Pero cuando el servidor presenta sus ‘Términos’, más bien parecen el contrato de venta de alma, letras pequeñitas y dos cuadritos para dar click, aceptas o no.

Varias veces he considerado seriamente hacer el intento por borrar mis identidades virtuales. En algunos casos lo he logrado. Pero en su mayoría me cuesta trabajo, borrarlas sería como quemar un álbum de fotos, y no me molestan las fotos sino el álbum, galería pública sin control, no depende de mí quien las muestra ni quien las ve, mucho menos de cuales son expuestas. Galería que rebate a mi memoria.

Mi padre se queja de mi madre por dedicar más tiempo en teclado y mouse que en él, pero recibo de su parte a veces cinco cadenas diarias, a veces más. Reenvío infinito de letrillas corriendo por montones en el mundo. En distintos idiomas. Más o menos diciendo lo mismo una y otra vez.

En contrapeso se puede agradecer que pueda encontrar una receta extravagante para cocinar pasta en tan sólo segundos, que los académicos se den de topes al hacerlo instrumento básico de estudios y recibir en cambio, la mayor cantidad de plagios en su historia, resulta maravilloso ver videos sobre gente haciendo el ridículo en distintas partes del mundo, nido de los espontáneos y brevísimos famosos contemporáneos. Un sin fin de posibilidades ofrece la computadora: ver a gente de todo el mundo follando en todas las posiciones imaginadas, tener conversaciones innecesarias con personas desconocidas que se presentan con una foto chiquita y un cuadro de texto, conseguir música gratis, a veces por el simple hecho de conseguirla, dejar de comprar el periódico, revistas o  incluso comprar presencialmente. Dejar de usar el teléfono, de prender el televisor o la radio, de ir al cine, de salir a la calle. Dejar de abrir un libro. Pero sobre todo, lo que logra la máquina, es dejar una sensación de que todos ven los mismos videos, escuchan la misma música, leen las mismas noticias, se la jalan viendo el mismo porno, y al mismo tiempo.

Por abierta y libre que parezca la red, si en China tecleo el nombre de un activista/preso político en el buscador, la máquina que usé se bloquearía y en poco tiempo llegaría algún representante del estado a indagar sobre mi búsqueda. No hay que olvidar que al fin y al cabo, esto que nos interconecta es tecnología militar. Tan noble toda ella.

Lo más curioso es la interdependencia del uno con el otro, nos parecemos cada vez más a nuestras máquinas y viceversa, las relaciones de pareja se confirman y anuncian virtualmente, si no, no son oficiales, somos nuestra foto de perfil, nos avalamos en el resultado de la búsqueda de nosotros mismos. Somos lo que ellas dicen que somos, y si no, no somos. Cada vez nos convertimos más el uno en el otro. Poco ayuda mi sensible paranoia general, mucho menos ayuda leer a K. Dick:

Así que nosotros y nuestras elaboradas computadoras en evolución podríamos toparnos el uno al otro a la mitad del camino. Algún día un ser humano, llamado tal vez Fred White, pueda dispararle a un robot llamado Pete Something-u-otro, quien ha salido de una fábrica de la General Electric, y para su sorpresa lo ve sufrir y sangrar. Y puede que el robot moribundo dispare en defensa, y para su sorpresa, vea una corriente de humo gris saliendo de la bomba eléctrica que suponía ser el corazón latente del Sr. White. Sería un gran momento de verdad para ambos

Con esto echo a andar las posibilidades, tal vez Michael Jackson sea un robot, Carlos Fuentes, Slim, Obama, Palou. La lista es infinita. Si lo fueran, mi percepción no cambiaría mucho de ellos. De alguna forma no dista tanto la función humana que la de la computadora, más de unos que de otros. Herramientas públicas, condicionadas, controladoras, renovables. Así pues, le entrego el texto al disco duro. Que se lo trague para que luego lo escupa a la red. Para todos ustedes.

jueves, enero 22, 2009

Prólogo conclusivo



No soy un texto. Soy materia en descomposición, digestión de pensamientos de otros, transición cíclica, punto de una línea. Si fuera un texto ya estaría muerto. Aunque, de alguna forma, probablemente ya lo esté.

Soy producto de la suburbia gris, limbo sobrepoblado que orbita la megaciudad. Quimera clasemediera frustrada entre fábricas y centros comerciales, eso es todo lo que hay, corredores industriales adheridos al periférico interrumpidos de vez en cuando por paraísos del consumo: cines con carteleras repetitivas, trapos carísimos.

 Vías rápidas convertidas en estacionamientos diurnos. Los sueños de una generación de migrantes mediocres se desmoronan alrededor, migrantes que fueron al norte inmediato, el que empieza después del campo militar número 1, del recién demolido Toreo, de unas espantosas torres coloridas que en principio fueron contenedores de agua y ahora son basureros, lienzo de grafiteros sin talento. Estas vialidades son la galería demográfica de nosotros, los que salieron por que quisieron y los que no, los que ahí les tocó cuando llegaron, los dormitorios masivos, las interminables filas de autos.

Hace veinte años viví feliz allí. Un parque con ciervos en cautiverio. Un río vivo y veloz. Mi casa en las alturas de un cerro, su vista al inmenso manto de luces que se fue ampliando sin control. Mis amigos en los parques, en las banquetas amplias de las zonas residenciales, en los centros comerciales de cielos artificiales. La vista desde los seguros hombros de mi padre, sus bromas picantes, sus manos grandes; mi madre y su dulce voz, mi madre y sus brazos que congelan el tiempo y desaparecen el espacio, mi madre embarazada y mi hermano. Y en los fines de semana: la ciudad. La ciudad con sus luces, sus universidades, sus teatros y restaurantes lujosos, sus cruces peatonales. Como pocas veces, los urbanistas fueron acertados al bautizar la zona, Ciudad Satélite. Girando alrededor de algo a lo que no pertenece. Interdependencia sistémica. Alienada población trabajadora entre arribismo burdo y conformismo obligado.

El autor da una calada al cigarrillo y exprime a la memoria. Considera que hablar sobre su felicidad resulta aburrido y genérico, lo confunde esta razón, tal vez crea esto porque ahora es feliz, pero no se atrevería a afirmarlo por la posibilidad de perderlo. “La palabra crea para después destruir” piensa.

La inocente felicidad se desvaneció cuando tomé el volante, cuando me volví parte de esas luces que veía desde el cerro. En ese advenimiento me convertí en una sombra, una persona sin identidad, ni chilango ni mexiquense, ni citadino ni provinciano. Pero eso sólo me importaba a mí. Mis amigos estaban muy preocupados por ver quién aguantaba más tequilas mientras yo sentía que aquello era un escenario triste, la cena insaciable del condenado a muerte.

No culpo a mis padres, al fin y al cabo ellos huyeron de barrios que ahora asemejan más a una favela que al escenario feliz de sus infancias. En realidad no culpo a nadie más que a mí, por desear otra tierra, por no hablar jactancioso de mi localidad, por sentirme aislado de mis conurbanos, por disconforme.

La culpa lo persigue desde siempre, cree que ella es quien lo ha expulsado, culpa de no sentirse culpable, culpa de no merecer, de no hacer por tener, de hacer y dejar de hacer. Por eso detesta entrar a una iglesia, la parafernalia católica no hace más que inculpar, como la ley, como el otro.

Desarraigo suburbial

No tardé mucho en salir. Apenas terminé la preparatoria emprendí una búsqueda de la residencia óptima, el espacio del que hablaría como si fuera mi casa. Creí que eso sería posible. Me despedí de las mujeres de mi adolescencia, fui a los lugares que alguna vez habían sido escenario de mi felicidad, fumé a un lado del río ahora seco, del parque sin ciervos, del panorama de luces citadinas. Me despedí de familiares y amigos, sabiendo que a partir de ese día  sería un visitante en lo que alguna vez fue mi casa.

No volví a encontrar una casa, desde que salí hice una o dos mudanzas al año, reduje mi equipaje a lo elemental y me acostumbré a decir adiós. He llamado por cobrar desde Londres y Moscú para establecer conversaciones superficiales sobre mi estado “estoy bien”, “hace frío”, “aquí son las dos de la mañana”.

Cholula, Puebla.

Provincianos jóvenes y adinerados, foráneos rubios con ropas chiapanecas, bicicletas salvajes, perros dueños de calles adoquinadas, cholultecas discretos. Entre rentas bajas y colegiaturas desmesuradas pasé mis estudios universitarios. Desilusión académica. Aulas reculas e individuos aún más. Gobernantes feudales de ciudadanos convenientemente olvidadizos. Inconformidad continua, exacerbada. ¿Justificada?

El autor suspira y piensa en sus momentos de conformidad: en los muslos desnudos de su mujer, las sobremesas en un restaurante con sus padres y su hermano, cuando fumó marihuana por primera vez y equivocadamente la mezcló con el tequila más risueño, en ella y sus senos, en ella y su apasionada discusión, en ella. “Que efímera es mi conformidad”. Este pensamiento lo incomoda, lo acongoja.

Si fuera un texto estaría incompleto. Sería la introducción de un personaje en búsqueda del hogar. Podría haber una reflexión por cada lugar que el personaje haya pisado, por la mujer que ha amado, por las otras tantas que temporalmente lo cautivaron, de amistades evaporadas con el humo, de los momentos de rabia, de una paliza recibida en un parque inglés o de un taxista que lo anestesió y robó en San Petersburgo, del odio que siente por la policía mexicana y su clase gobernante. Si el autor pretendiera ser conclusivo podría escribir sobre el regreso a la suburbia, ser un extraño en casa y un fantasma con sus amigos, de la tristeza de ver que nada cambia y que si cambia es en conjunto, no como él, no con él. Pero este es un texto incompleto, por que el personaje es joven e inmaduro. No está incompleto por que no tenga final, sino porque el desarrollo es inexistente. El final existe, el personaje no encuentra su casa, la perdió para siempre cuando tomó el volante, cuando dijo adiós y se acostumbró a ello, luego muere, y con eso, el personaje finalmente es texto. Mientras tanto: no soy un texto.