Mónica y yo nos conocimos hace cuatro años. Nos metimos a la cama durante horas sin apenas intercambiar nuestros nombres y mucho antes de haber tenido una conversación coherente. El sexo entre los dos fue una intuición de luminosidad. El sexo - el más perfecto y simple al que se puede aspirar, como beber agua pura sin pagar la botella de pet - nos reveló que habría entre nosotros un lazo visceral más sólido que cualquier otro compromiso que tuviéramos con el mundo. Un vínculo tan hondo que, en mis pesadillas, se parece al incesto.
"Canción de tumba", Julián Herbert.
miércoles, marzo 28, 2012
miércoles, febrero 15, 2012
Possibilities
I prefer movies.
I prefer cats.
I prefer the oaks along the Warta.
I prefer Dickens to Dostoyevsky.
I prefer myself liking people
to myself loving mankind.
I prefer keeping a needle and thread on hand, just in case.
I prefer the color green.
I prefer not to maintain
that reason is to blame for everything.
I prefer exceptions.
I prefer to leave early.
I prefer talking to doctors about something else.
I prefer the old fine-lined illustrations.
I prefer the absurdity of writing poems
to the absurdity of not writing poems.
I prefer, where love's concerned, nonspecific anniversaries
that can be celebrated every day.
I prefer moralists
who promise me nothing.
I prefer cunning kindness to the over-trustful kind.
I prefer the earth in civvies.
I prefer conquered to conquering countries.
I prefer having some reservations.
I prefer the hell of chaos to the hell of order.
I prefer Grimms' fairy tales to the newspapers' front pages.
I prefer leaves without flowers to flowers without leaves.
I prefer dogs with uncropped tails.
I prefer light eyes, since mine are dark.
I prefer desk drawers.
I prefer many things that I haven't mentioned here
to many things I've also left unsaid.
I prefer zeroes on the loose
to those lined up behind a cipher.
I prefer the time of insects to the time of stars.
I prefer to knock on wood.
I prefer not to ask how much longer and when.
I prefer keeping in mind even the possibility
that existence has its own reason for being.
-Wislawa Szymborska
Translated by S. Baranczak & C. Cavanagh
I prefer cats.
I prefer the oaks along the Warta.
I prefer Dickens to Dostoyevsky.
I prefer myself liking people
to myself loving mankind.
I prefer keeping a needle and thread on hand, just in case.
I prefer the color green.
I prefer not to maintain
that reason is to blame for everything.
I prefer exceptions.
I prefer to leave early.
I prefer talking to doctors about something else.
I prefer the old fine-lined illustrations.
I prefer the absurdity of writing poems
to the absurdity of not writing poems.
I prefer, where love's concerned, nonspecific anniversaries
that can be celebrated every day.
I prefer moralists
who promise me nothing.
I prefer cunning kindness to the over-trustful kind.
I prefer the earth in civvies.
I prefer conquered to conquering countries.
I prefer having some reservations.
I prefer the hell of chaos to the hell of order.
I prefer Grimms' fairy tales to the newspapers' front pages.
I prefer leaves without flowers to flowers without leaves.
I prefer dogs with uncropped tails.
I prefer light eyes, since mine are dark.
I prefer desk drawers.
I prefer many things that I haven't mentioned here
to many things I've also left unsaid.
I prefer zeroes on the loose
to those lined up behind a cipher.
I prefer the time of insects to the time of stars.
I prefer to knock on wood.
I prefer not to ask how much longer and when.
I prefer keeping in mind even the possibility
that existence has its own reason for being.
-Wislawa Szymborska
Translated by S. Baranczak & C. Cavanagh
martes, febrero 14, 2012
Olas de mar
“De que Nahui Ollin tenía el mar en los ojos, no cabe la menor duda. El agua salada se movía dentro de las dos cuencas, y adquiría la placidez del lago o se encrespaba, furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas del mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil”
Elena Poniatowska
Elena Poniatowska
Como si abajo estuviera el mar
"Él recordó al bueno de Vila y a la abuela de Viña de Mar, echó una última mirada al escritorio, revolvió los papeles con los dedos de una mano mientras apagaba el pucho en el cenicero y luego, despacio y sin vacilaciones, saltó al vacío por la ventana del patio interior. Como si de la puerta trasera se tratara, pensó, simplemente como si abajo estuviera el mar".
Tomado de "Diario de Bar" de Roberto Bolaño & A.G. Porta.
Tomado de "Diario de Bar" de Roberto Bolaño & A.G. Porta.
lunes, enero 09, 2012
A propósito del daño colateral
Ningún hombre ha habido más dañino que Cristo, así como ningún animal de la creación entera ha habido más dañino y malo que el hombre.
Fernando Vallejo
Fernando Vallejo
martes, diciembre 20, 2011
A pesar del oscuro silencio
Te escribo esta carta aunque sé que no vas a leerla. Quizá por eso mismo me atreva a desafiar el silencio de nueva cuenta; por un momento me regocijé pensando que no tendría que volver a someterme a esa tortura, que una pluma no estaría otra vez en mis dedos para verter insípidas gotas de tinta, pero no soy capaz de escapar al delirio. No comprendo qué absurda manía me lleva a calicnarme con mis propias - ahora desgastadas - palabras. No resisto, como si no fuese yo sino otro quien dicta estas líneas de dolor y sangre. Dios mío, cómo desearía poder decirle esto a alguien - inclusi a ti - en lugar de tener que escribirlo. En verdad nada destruye como la escritura: aniquila la realidad cuando cree preservarla, la inmoviliza y agota cuando intenta rescatarla del olvido y el tránsito. El sentido del mundo está en caminar, en el movimiento, en el cambio: fue hecho sólo para deslizarse en instantes irrecuperables, para nacer y morir en un parpadeo. En cambio la literarura, falaz remedo de la memoria, está paralítica; formada a base de insatisfacciones, no resucita a nadie. Como el amor, desde el inicio se encuentra condenada al fracaso. Lástima que lo descubriera tan tarde; ahora, aun sabiendo que es inútil, que por ella me condeno, no logro evitarla. Te escribo porque he decidido lanzarme al vacío: al menos en este caso no me atrapa la inercia. Será el único acto digno de mi vida: despeñarme libremente, arrostrando la responsabilidad. Lo peor es que te escribo y ni siquiera sé si te conozco. ¿Te amé? ¿A quién amamos? No a las personas, sin duda, sino a sus imágenes, las nebulosas siluetas que hacemos de ellas: a sus residuos. A fin de cuentas - el dolor lo prueba - sólo existimos para quienes nos aman o nos odian. Por desgracia esa temible existencia que nos otorgan los otros no se parece a nuestra amargura. De ahí que el amor más profundo sea el que tiene por objeto a un desconocido; así lo poseemos sin decepcionarnos de la idea que tenemos de él comparada con su cuerpo. Cuando convivimos con el ser amado, cuando lo vemos a diario, cuando somos capaces de adivinar sus pensamientos, el amor se desvanece y nos damos cuenta de que el otro no ha sido más que un pretexto. Pero no me importa, a estas alturas me da igual que seas una invención mía y no vayas a leer esta carta: de cualquier modo voy a escribírtela. Que el azar me pruebe en este viaje absurdo, yo probaré en él mi suerte. Muy poco me resta de ti: apenas una remembranza amarga, un espasmo, jamás una mirada, una palabra, una caricia tuya. Todo se desvaneció; ni siquiera tu nombre significa algo, pues, ¿a cuál de tus figuras, estados de ánimo, sentimientos he de dirigirme? ¿Cuál de todos esos ojos, mejillas, llantos, insultos eres tú? Sólo sé que, pese a la irracionalidad que entraña, te amo intensamente, mi destino depende de un murmullo de tus labios, de una seña de tu mano. Es la paradoja: no puedo dejar de decirte ya nada. Nada puede hacer que te oculte lo que por ti y para ti es en mí. Nada me puede contener, ni el temor de herirte; te hiero en mí, yo sangro más que tú, yo sufro más, pero es necesario. Estoy poseído esta vez, nada mío puede negar a lo que me posee; me posee el amor a ti. Me da una resolución que tú puedes mirar, una lucidez que puedes sentir. Te toco, te veo, te toco y te veo en mí: yo soy de ti, fuera de ti no soy: déjame que me defienda de morirme. Deja que por un instante vuelva a hacerme de ti; que lo intente. Bien sabes adonde llegaba mi violencia por tu piel y por tu mente, lo que amaba de tu dolor para apropiármelo, para llenarme de él y liberarte de su peso. Eras una meta inalcanzable, huías como tu cariño; escapabas en tu fragilidad con mis lágrimas. Yo te perseguía hasta en los espejos donde acostumbrabas mirarte. Te buscaba, te atrapaba, te estrechaba contra mi pecho sólo para observar cómo desaparecías entre mis brazos. Perdóname si te lo recuerdo. Te he hablado, te hablo sin pudor, brutalmente. Te he hablado a pesar de que al hablarte miro que te hiero, pero yo te digo que yo me hiero más hondamente, que yo sufro más horriblement y que el mayor mal que me ha hecho la vida y que todavía puede hacerme es que tenga que hacerte daño fatalmente, sin que nada en mí pueda evitarlo, a pesar de que todo en mí llora de verlo y se enloquece de sentirlo. Estoy llorando como nunca he llorado. Toda mi vida está llorando por ti. Perdóname, fui yo quien te destruyó, no el tiempo. Debía olvidarte, asesinarte, apartarte de mi cabeza. Tú y yo. Y vencí: de pornto dejaste de importarme. Quise entonces excluir de mi alma los sentimientos, siniestras llaves de puertas no deseadas, ápices de debilidad. Ellos nunca me explicarían el mundo. Me refugié en la inteligencia, ese frío tumor: con ella fabriqué un universo contingente, con leyesprecisas, donde no hacías falta. El azar está prohibido; el amor, proscrito. Perdí de vista que, aun reinando, la inteligencia siempre permanece sola. Absolutamente sola. Perdónamen, pues, esta carte: necesitaba escribirla y adquirir valor para la única conclusión posible, la consecuencia extrema de mi vida y de mi obra. Infinidad de veces repetí que había que arrancarle al mundo los escasos jirones de verdad que nos muestra: ahora me veo precisado a desprender el más importante, el que puede justificar los demás, el que puede dar sentido al tedio y al dolor, a las risas necias y los olvidos puntillosos, a tu amor desvaneciso y a esta carta que se pierde con mi sangre.
Amada, estás presente a pesar del oscuro silencio.
Jorge
Amada, estás presente a pesar del oscuro silencio.
Jorge
martes, noviembre 22, 2011
Mate a su jefe: renuncie
(historia de un esténcil encontrado en Buenos Aires)
En las calles de Buenos Aires prolifera el rotundo arte del esténcil: “El microcentro se desplomará” / “WAR DISNEY” / ”No al código hijos” / “El consumo nos consume” / “Se cayó el sistema”. Síntesis y humor negro y un efecto estético punzante, el temblor neuronal de un cambio de luces. “Despertate”, dice otro oráculo callejero bajo la alarma de un enorme reloj anacrónico, para advertir sobre el estado de embotamiento al que ha llegado la sociedad post industrial. El 2000 fue el año de la explosión estencilera en BA, como si las gotitas del aerosol —unas gotitas furiosas y casi siempre lúcidas— anunciaran la tremenda sacudida histórica que se vendría. Y en efecto, el ramalazo financiero llegó pocos meses después de que la clase media urbana hubiera comenzado a estampar sobre los muros de la ciudad su total desconfianza hacia el sistema y sus precios dolarizados: “Su vida peligra”, anunciaban unas figuras silueteadas en uno de los esténciles más ominosos y bellos que encontramos en Palermo.
Viajé con L a Buenos Aires en diciembre del año pasado en busca de los libros que ya no encontramos en México, del cine que aquí nunca veremos (el de Alex de la Iglesia, por ejemplo) y del talante ácido, inconforme, arriesgado del porteño post corralito. Estaba huyendo, en suma, de la frivolidad imperante de la literatura mexicana, en cuyos tentáculos comenzaba a enredarme estúpidamente. Había caído en una trampa y lo sabía: después de varios años de escritura silenciosa y de miseria funcional, adquirí de pronto un trabajo y un horario y un sueldo fijo en una legendaria revista contracultural que había caído en manos de un nuevo empresario, es decir, que había caído en desgracia. Mercadería desesperada y a menudo obscena, desprecio soterrado hacia el pensamiento y la literatura (“ésta –me decían todos los días—no es una revista para intelectuales”), culto al pop más ramplón: ningún heroísmo era posible entre sus páginas. Muy pronto me sentí perdida: me había equivocado de lugar. No sólo eso, trabajaba de mala gana cerca de diez horas diarias en medio de un ambiente más bien asfixiante y lleno de falsas pretensiones, respondiendo a intereses que no sólo no eran los míos, sino que contradecían violentamente varios años lectura sostenidas a pulso. En medio del desánimo dejé de escribir y comencé a sentirme enferma. Los domingos sólo quería ver partidos de la liguilla y comer pollo rostizado frente al televisor. Me había convertido en el vivo retrato de lo que Adorno llamó “el monstruoso aparato de la distracción”: hordas de hombres acumulando jornadas de trabajo, para obtener su cuota de vacío en “el ínfimo paraíso de los fines de semana, donde la gente comulga en la fatiga y el embrutecimiento” (Vaneigem). El día que tuve que entrevistar a Juanes supe que estaba tocando fondo.
Tal vez por eso, en cuanto llegué a Buenos Aires la basura que se acumulaba en sus calles (había una huelga municipal) me pareció hermosa. Ahí todo ocurría de un modo distinto, con más librerías, mejor cine nacional, más literatura (proliferante, incisiva, vigorosa), menos glamour de por medio. Ahí la cultura no parecía un objeto de lujo en disputa ni una carrera burocrática ni un desierto mediatizado. Ahí la literatura te saltaba encima como las moscas, o sea, como algo natural y ligeramente incómodo y perturbador. Lo mismo sucedía con las revistas que no aspiraban a la newyorkización ridícula ni tenían anuncios en couché en el setenta por ciento de sus páginas, sino escritura e ingenio y sentido del humor y falta de respeto por las convenciones culturales. Eso era como volver al anonimato, es decir, a la literatura real.
Una tarde, mientras caminábamos por el Microcentro hacia San Telmo (era domingo y las calles estaban desiertas, sucias), encontré sobre un muro descascarado un esténcil que parecía apuntarme con el dedo: “MATE A SU JEFE: RENUNCIE.” Se trataba del rostro de Mr. Burns, el capitalista siniestro de los Simpsons, asomando la nariz entre el cochambre de la ciudad. Me quedé helada, como si bruscamente todos mis sentimientos ocultos hubieran encontrado en él una expresión nítida: renunciar, eso debía hacer al volver a México. Tomamos una foto de Mr. Burns (en realidad, tomábamos fotos de todos los esténciles: nos habíamos convertido en turistas de los muros) y nos marchamos.
Como ocurre con todos los libros que han dejado una impresión turbulenta en nuestro ánimo, no he dejado de preguntarme desde entonces en dónde radicaba el poder de aquella frase. Tal vez, lo pienso ahora, en que proclamaba no sólo la revolución contra los checadores de tarjeta, sino el alzamiento contra la frustración autoimpuesta y el estancamiento. Pero lo mejor de todo era que, en medio de una de las peores crisis de desempleo en Argentina, la pinta tenía la desfachatez de promover la renuncia en masa. No se trataba de ironía, sino de un revival del “NO TRABAJE NUNCA”, la proclama situacionista que apareció en los muros de París en el Mayo del 68, lanzando una crítica extrema hacia el carácter insaciable de la economía de mercado, donde la productividad es esclavitud bajo la apariencia de una dicha pasajera. En tales circunstancias, renunciar es un acto de libertad, una batalla de la vida y el placer contra la coerción del trabajo.
No es extraño que una pinta así apareciera en el “París de América”. Durante la década de los noventa, Buenos Aires se ostentó como la capital latinoamericana del rat race, compitiendo absurdamente con Londres, Nueva York y Roma, las ciudades más caras del mundo donde es necesario trabajar quince horas diarias para pagar un cuarto-ratonera. La supervivencia había sustituido a la vida, pero de todos modos la juventud, la burguesía ilustrada, los escritores, los amantes del shopping parecían felices entre tanto confort de ensueño. Quizá por eso, la debacle porteña encarnó tan plástica y trágicamente la corrosión del bienestar contemporáneo y la fragilidad de sus falsas aspiraciones.
Viajé con L a Buenos Aires en diciembre del año pasado en busca de los libros que ya no encontramos en México, del cine que aquí nunca veremos (el de Alex de la Iglesia, por ejemplo) y del talante ácido, inconforme, arriesgado del porteño post corralito. Estaba huyendo, en suma, de la frivolidad imperante de la literatura mexicana, en cuyos tentáculos comenzaba a enredarme estúpidamente. Había caído en una trampa y lo sabía: después de varios años de escritura silenciosa y de miseria funcional, adquirí de pronto un trabajo y un horario y un sueldo fijo en una legendaria revista contracultural que había caído en manos de un nuevo empresario, es decir, que había caído en desgracia. Mercadería desesperada y a menudo obscena, desprecio soterrado hacia el pensamiento y la literatura (“ésta –me decían todos los días—no es una revista para intelectuales”), culto al pop más ramplón: ningún heroísmo era posible entre sus páginas. Muy pronto me sentí perdida: me había equivocado de lugar. No sólo eso, trabajaba de mala gana cerca de diez horas diarias en medio de un ambiente más bien asfixiante y lleno de falsas pretensiones, respondiendo a intereses que no sólo no eran los míos, sino que contradecían violentamente varios años lectura sostenidas a pulso. En medio del desánimo dejé de escribir y comencé a sentirme enferma. Los domingos sólo quería ver partidos de la liguilla y comer pollo rostizado frente al televisor. Me había convertido en el vivo retrato de lo que Adorno llamó “el monstruoso aparato de la distracción”: hordas de hombres acumulando jornadas de trabajo, para obtener su cuota de vacío en “el ínfimo paraíso de los fines de semana, donde la gente comulga en la fatiga y el embrutecimiento” (Vaneigem). El día que tuve que entrevistar a Juanes supe que estaba tocando fondo.
Tal vez por eso, en cuanto llegué a Buenos Aires la basura que se acumulaba en sus calles (había una huelga municipal) me pareció hermosa. Ahí todo ocurría de un modo distinto, con más librerías, mejor cine nacional, más literatura (proliferante, incisiva, vigorosa), menos glamour de por medio. Ahí la cultura no parecía un objeto de lujo en disputa ni una carrera burocrática ni un desierto mediatizado. Ahí la literatura te saltaba encima como las moscas, o sea, como algo natural y ligeramente incómodo y perturbador. Lo mismo sucedía con las revistas que no aspiraban a la newyorkización ridícula ni tenían anuncios en couché en el setenta por ciento de sus páginas, sino escritura e ingenio y sentido del humor y falta de respeto por las convenciones culturales. Eso era como volver al anonimato, es decir, a la literatura real.
Una tarde, mientras caminábamos por el Microcentro hacia San Telmo (era domingo y las calles estaban desiertas, sucias), encontré sobre un muro descascarado un esténcil que parecía apuntarme con el dedo: “MATE A SU JEFE: RENUNCIE.” Se trataba del rostro de Mr. Burns, el capitalista siniestro de los Simpsons, asomando la nariz entre el cochambre de la ciudad. Me quedé helada, como si bruscamente todos mis sentimientos ocultos hubieran encontrado en él una expresión nítida: renunciar, eso debía hacer al volver a México. Tomamos una foto de Mr. Burns (en realidad, tomábamos fotos de todos los esténciles: nos habíamos convertido en turistas de los muros) y nos marchamos.
Como ocurre con todos los libros que han dejado una impresión turbulenta en nuestro ánimo, no he dejado de preguntarme desde entonces en dónde radicaba el poder de aquella frase. Tal vez, lo pienso ahora, en que proclamaba no sólo la revolución contra los checadores de tarjeta, sino el alzamiento contra la frustración autoimpuesta y el estancamiento. Pero lo mejor de todo era que, en medio de una de las peores crisis de desempleo en Argentina, la pinta tenía la desfachatez de promover la renuncia en masa. No se trataba de ironía, sino de un revival del “NO TRABAJE NUNCA”, la proclama situacionista que apareció en los muros de París en el Mayo del 68, lanzando una crítica extrema hacia el carácter insaciable de la economía de mercado, donde la productividad es esclavitud bajo la apariencia de una dicha pasajera. En tales circunstancias, renunciar es un acto de libertad, una batalla de la vida y el placer contra la coerción del trabajo.
No es extraño que una pinta así apareciera en el “París de América”. Durante la década de los noventa, Buenos Aires se ostentó como la capital latinoamericana del rat race, compitiendo absurdamente con Londres, Nueva York y Roma, las ciudades más caras del mundo donde es necesario trabajar quince horas diarias para pagar un cuarto-ratonera. La supervivencia había sustituido a la vida, pero de todos modos la juventud, la burguesía ilustrada, los escritores, los amantes del shopping parecían felices entre tanto confort de ensueño. Quizá por eso, la debacle porteña encarnó tan plástica y trágicamente la corrosión del bienestar contemporáneo y la fragilidad de sus falsas aspiraciones.
Vivian Abenshushan
sábado, noviembre 19, 2011
M.L. Estefanía
Al oeste de Laredo
Tenía 40 años y fumaba entre 20 y 30 piedras semanales cuando me convertí en Marcial Lafuente Estefanía. A 120 el ziploc más las monedas que dejas para el refresco en cada compra, do the math. Ni el reportero de nota roja más corrupto de la capital del estado podría mantener semejante tren de vida. Lo sé porque ese reportero era yo.
Empezaba a fumar concluido mi turno. Lo hacía acompañado de un mp novato o de los patrulleros en día franco que a veces reciben muestras gratuitas del material puesto en plaza. Cualquiera de ellos tenía redaños para frenar antes de que saliera el sol. Yo no; me colgaba 24 horas seguidas. Un buen jalón te dura entre 5 y 10 minutos. Si quieres mantener la calma debes pegarte a la lata de aluminio como si fuera un biberón y limpiar las perforaciones con una aguja cada tanto y conservar siempre un Marlboro encendido: la sabiduría del basuquero radica lo mismo en el ritmo de la inhalación que en la exacta administración de la ceniza.
Rara vez lograba cumplir mi horario laboral. Cuando me despidieron del periódico telefoneé en busca de ayuda a mi compadre Esquivel, alcalde de un pequeño municipio fronterizo. Me preguntó:
–¿Qué sabes hacer?
Le ofrecí, pensando en el centenario, una charla sobre el periodismo durante la revolución mexicana. Se carcajeó.
–¿Tú crees que a mis ranchys wanabís de texano les importa una mierda la revolución?... A estos háblales mejor del Libro Vaquero. Y ¿por qué de tu antigua chamba no?
Julián Herbert
Fragmento de M.L. Estefanía
miércoles, noviembre 09, 2011
Una perversa Ítaca de olores
Abrazarte al salir junto a la puerta,
en camisón, descalza, despeinada,
blanda y mimosa de haber sido amada,
tibia de sábanas y mal despierta.
Y respirar en tu pechera abierta
la leve y tenebrosa bocanada
que sube de tu sexo caldeada
oliendo a pozo y algas y agua muerta;
oliendo a hongos metálicos, a fosa,
a sombra macerada, a exangüe yodo,
a fiebre en pena, a fósiles humores,
a exhaustos émbolos y a cal mucosa
-y añorar todo el día de este modo
una perversa Ítaca de olores.
Tomás Segovia
en camisón, descalza, despeinada,
blanda y mimosa de haber sido amada,
tibia de sábanas y mal despierta.
Y respirar en tu pechera abierta
la leve y tenebrosa bocanada
que sube de tu sexo caldeada
oliendo a pozo y algas y agua muerta;
oliendo a hongos metálicos, a fosa,
a sombra macerada, a exangüe yodo,
a fiebre en pena, a fósiles humores,
a exhaustos émbolos y a cal mucosa
-y añorar todo el día de este modo
una perversa Ítaca de olores.
Tomás Segovia
jueves, noviembre 03, 2011
El mundo ya no es digno de la palabra
El mundo ya no es digno de la palabra
nos la ahogaron adentro
como te asfixiaron
como te desgarraron a ti los pulmones
y el dolor no se me aparta
sólo queda un mundo
por el silencio de los justos
Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo.
Último poema de Javier Sicilia, escrito después de la muerte de su hijo, Juan Francisco.
miércoles, octubre 26, 2011
Un aire jazzeado
V
Tal vez no ame a nadie en particular dijo
mientras miraba a través de los cristales
(La poesía ya no me emociona) - ¿Qué? Su amiga
levantó las cejas Mi poesía (Caca)
Ese vacío que siento después de un orgasmo
(Maldita sea, si sigo escribiendo llegaré a sentirlo
de verdad) La verga parada mientras se desarrolla
el Dolor (Ella se vistió aprisa. Medias
de seda roja) Un aire jazzeado una manera de hablar
(Improviso, luego existo, ¿cómo se llamaba ese tipo?)
Descartes Caca (Qué nublado, dijo ella,
mirando hacia arriba Si pudieras contemplar
tu propia sonrisa Santos anónimos Nombres
carentes de significado
VI
Nadie te manda cartas ahora Debajo del faro
en el atardecer Los labios partidos por el viento
Hacia el Este hacen la revolución Un gato duerme
entre tus brazos A veces eres inmensamente feliz
VII
En la sala de lecturas del Infierno En el club
de aficionados a la ciencia-ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo Cuando ya todo parece más claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo A veces
los ojos verdes Y 26 años Un servidor
Roberto Bolaño
Fragmento de Siete poemas breves, publicado en Le Prosa. México, 1981.
Tal vez no ame a nadie en particular dijo
mientras miraba a través de los cristales
(La poesía ya no me emociona) - ¿Qué? Su amiga
levantó las cejas Mi poesía (Caca)
Ese vacío que siento después de un orgasmo
(Maldita sea, si sigo escribiendo llegaré a sentirlo
de verdad) La verga parada mientras se desarrolla
el Dolor (Ella se vistió aprisa. Medias
de seda roja) Un aire jazzeado una manera de hablar
(Improviso, luego existo, ¿cómo se llamaba ese tipo?)
Descartes Caca (Qué nublado, dijo ella,
mirando hacia arriba Si pudieras contemplar
tu propia sonrisa Santos anónimos Nombres
carentes de significado
VI
Nadie te manda cartas ahora Debajo del faro
en el atardecer Los labios partidos por el viento
Hacia el Este hacen la revolución Un gato duerme
entre tus brazos A veces eres inmensamente feliz
VII
En la sala de lecturas del Infierno En el club
de aficionados a la ciencia-ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo Cuando ya todo parece más claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo A veces
los ojos verdes Y 26 años Un servidor
Roberto Bolaño
Fragmento de Siete poemas breves, publicado en Le Prosa. México, 1981.
viernes, octubre 21, 2011
El patriota en lo escencial
De acuerdo a sus premisas, ¿cómo cristaliza el temperamento civilizado entre las imposiciones de la barbarie tan presente en los escenarios de México y América Latina? En primer lugar, y sin así decirlo, se califica a la política de usurpación de la vida normal de las sociedades; en segundo lugar, se indaga en los niveles de civilización en México y para ello se recurre al cotejo de culturas; en tercer lugar, se extrema el cuidado de la forma que es respeto a la perfección de las ideas. (La claridad expresiva es una cortesía del intelecto.) Y por último, se experimenta con la certeza múltiple: el arte es o puede ser radical (en el sentido de ir a la raíz de lo humano y de la creación de las formas), y de esto depende en buena medida la disolución de los estereotipos y los prejuicios sociales. Además - y estas certidumbres son primordiales - la sensiblería y la demagogia falsifican la experiencia real; la identificación de belleza y verdad es racional y es mitológica, y el que defiende creativamente el lenguaje y no condesciende a la vulgaridad, es un patriota en lo esencial.
Carlos Monsiváis en el prólogo de México, de Alfonso Reyes, 2005.
Carlos Monsiváis en el prólogo de México, de Alfonso Reyes, 2005.
martes, octubre 18, 2011
Presencia
¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?
¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.
No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,
ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Más si alguien vive yo estaré despierto.
José Emilio Pacheco
Un agujero negro se despierta tragándose una estrella Agosto 2011 (noticia del espacio exterior)
somos la vida
cabello largo
y ojeras
somos la vida
podemos confiar en nuestros hermanos
podemos confiar en que la muerte
aguante la respiración
somos la vida
entonamos las calles con pintura
estamos entonando un sol
que viene a nuestros hombros
somos la vida
abriéndose paso como un viento atroz
entre el humo y la intoxicación
somos la vida
el amor nos debe muchos favores
y el cariño otro tanto
por eso defendemos nuestro capital con ternura
somos la vida
nos debatimos entre el aire la tierra
entre el agua y los pastos
no nos vamos a quedar aquí sentados
sin hacer nada
vamos a trazar el cielo
contra los ladrones de sueños
nuestros sueños son repelentes a las balas
somos la vida
otra vez
vamos a mirar las estrellas
aunque tengamos que volar sobre las ciudades
aunque recorramos miles de kilómetros
llegaremos a aguas claras en movimiento
porque somos la vida
y no debemos cuentas sino a la muerte
vamos a exigirle a la lluvia
un nuevo gobierno
y vamos a exigirle a los ríos
una nueva educación
somos la vida
encontraremos en nuestros pulgares
a cada uno de los nuestros
y en los otros pinceladas emocionantes
delirantes
desbordantes a su manera
porque somos la vida
y no hay ventana grande ni país perfecto
ni canción que no sea un pequeño contrabando de los corazones
somos la vida
y vamos a guardar todo el mutismo en nuestro corazón
y vamos a gritar entre las estrellas y los árboles
en las calles
en las ciudades firmamento
que una mente secreta
es una nueva conspiración
Yax Kin Melchy
miércoles, agosto 03, 2011
| Now Now Say nay, Man dry man, Dry lover mine The deadrock base and blow the flowered anchor, Should he, for centre sake, hop in the dust, Forsake, the fool, the hardiness of anger. Now Say nay, Sir no say, Death to the yes, the yes to death, the yesman and the answer, Should he who split his children with a cure Have brotherless his sister on the handsaw. Now Say nay, No say sir Yea the dead stir, And this, nor this, is shade, the landed crow, He lying low with ruin in his ear, The cockrel's tide upcasting from the fire. Now Say nay, So star fall, So the ball fail, So solve the mystic sun, the wife of light, The sun that leaps on petals through a nought, the come-a-cropper rider of the flower. Now Say nay A fig for The seal of fire, Death hairy-heeled and the tapped ghost in wood, We make me mystic as the arm of air, The two-a-vein, the foreskin, and the cloud. Dylan Thomas --------------------------------------------------------------------------------- Now I sit here on the 2nd floor hunched over in yellow pajamas still pretending to be a writer. some damned gall, at 71, my brain cells eaten away by life. rows of books behind me, I scratch my thinning hair and search for the word. Charles Bukowski |
martes, agosto 02, 2011
Antón
El anillo de Cobalto, La casa pierde. Juan Villoro
jueves, julio 28, 2011
El sexo en siete lecciones
1. Gozo y tortura
que el Tártaro yel Cielo
-uña de carne- desempeñan.
Al sexo y su desorden milagroso,
a su perfecto matrimonio; ,
de beso y abrelatas, sucumbimos.
A la gloria del sexo,
a su desenfrenado latrocinio,
su avaricia impecable,
alto, cedemos.
* * *
2. Y por estar a flote,
por ser la superficie de la espuma en la piel,
por ser lo más visible y general,
por ser el más común lugar del paraíso visitado,
el sexo, lo evidente,
lo que a todos iguala,
lo esencial-sabia era Eva,
ingenuo Segismundo-,
por ser el sexo algo tan real,
lo único real acaso,
sólo se existe y vive a su merced.
No es reducible el sexo a números ni a ciencia,
no es cosa comprensible,
no es natural ni humano
y la divinidad lo desconoce.
Lo real no está sujeto a inquisición.
2. Y por estar a flote,
por ser la superficie de la espuma en la piel,
por ser lo más visible y general,
por ser el más común lugar del paraíso visitado,
el sexo, lo evidente,
lo que a todos iguala,
lo esencial-sabia era Eva,
ingenuo Segismundo-,
por ser el sexo algo tan real,
lo único real acaso,
sólo se existe y vive a su merced.
No es reducible el sexo a números ni a ciencia,
no es cosa comprensible,
no es natural ni humano
y la divinidad lo desconoce.
Lo real no está sujeto a inquisición.
* * *
3. El tiempo escaso por costumbre
y, por la costumbre, frágil,
no basta para el amor
y es demasiado para el sexo.
Pero si en sexo se midiera el tiempo
si el sexo -el gozo, mejor dicho- fuera
una unidad de tiempo,
sería la más pequeña
que el reloj pudiera imaginar,
la apenas registrable,
el átomo del tiempo.
3. El tiempo escaso por costumbre
y, por la costumbre, frágil,
no basta para el amor
y es demasiado para el sexo.
Pero si en sexo se midiera el tiempo
si el sexo -el gozo, mejor dicho- fuera
una unidad de tiempo,
sería la más pequeña
que el reloj pudiera imaginar,
la apenas registrable,
el átomo del tiempo.
* * *
4. Ni el denodado goce de los cuerpos,
ni el carnívoro roce de las bocas,
ni las fieras sensuales de los dedos,
ni las mejillas ardorosas,
ni el sudor refrescante de los pechos
-su rima encantadora-,
ni el tacto delicioso de los muslos,
ni la plata del pubis,
ni las caudas azules y viriles,
son suficientes para el sexo.
La plena saciedad misma, no basta.
Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos,
bebidos uno a otro hasta las plantas,
sueñan, despiertos, con el sexo.
Sólo han probado, sólo empiezan a hervir.
La saciedad más absoluta
es siempre, apenas, el principio.
4. Ni el denodado goce de los cuerpos,
ni el carnívoro roce de las bocas,
ni las fieras sensuales de los dedos,
ni las mejillas ardorosas,
ni el sudor refrescante de los pechos
-su rima encantadora-,
ni el tacto delicioso de los muslos,
ni la plata del pubis,
ni las caudas azules y viriles,
son suficientes para el sexo.
La plena saciedad misma, no basta.
Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos,
bebidos uno a otro hasta las plantas,
sueñan, despiertos, con el sexo.
Sólo han probado, sólo empiezan a hervir.
La saciedad más absoluta
es siempre, apenas, el principio.
* * *
5. El cuerpo es siempre virgen para el sexo.
El cuerpo siempre, Paul, recomenzando.
Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo
muere antes que el sexo.
5. El cuerpo es siempre virgen para el sexo.
El cuerpo siempre, Paul, recomenzando.
Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo
muere antes que el sexo.
* * *
6. Y nada de que el sexo
sólo con amor es sexo.
El sexo es siempre amor,
nunca el amor es sexo.
El amor no es amor,
el sexo es el amor.
No hay sexo sin amor
pero hay amor sin sexo, y no lo es.
Todo amor sin sexo es corruptible.
Sólo una advertencia:
es ya desgracia conocida
que el sexo y el amor no sean posibles
sino con personas,
con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones,
con seres existentes,
y nunca con fantasmas o sombras pasajeras,
mucho menos con plantas o gallinas.
7 (y última). El sexo es una cosa
que se embellece cuando se la mira.
Y la prostitución es su magnífico revés,
su negación perfecta,
su ausencia depresiva.
El sexo es este Dios moldeado
por su más portentosa y vil creatura.
6. Y nada de que el sexo
sólo con amor es sexo.
El sexo es siempre amor,
nunca el amor es sexo.
El amor no es amor,
el sexo es el amor.
No hay sexo sin amor
pero hay amor sin sexo, y no lo es.
Todo amor sin sexo es corruptible.
Sólo una advertencia:
es ya desgracia conocida
que el sexo y el amor no sean posibles
sino con personas,
con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones,
con seres existentes,
y nunca con fantasmas o sombras pasajeras,
mucho menos con plantas o gallinas.
7 (y última). El sexo es una cosa
que se embellece cuando se la mira.
Y la prostitución es su magnífico revés,
su negación perfecta,
su ausencia depresiva.
El sexo es este Dios moldeado
por su más portentosa y vil creatura.
Eduardo Lizalde
miércoles, julio 20, 2011
El detective en el espejo
Campeón ligreo, La casa pierde, Juan Villoro
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