jueves, julio 02, 2009
martes, junio 02, 2009
Ella no está
(diálogo)
L – ¿Bueno?
R- Qué pasó ¿No te despierto?
L - No, bueno, ya casi me iba a dormir. Estaba aquí haciendo unas cosas. ¿Ya se fueron todos?
R - Si, hace poco. Se acaban de ir los últimos, los tuve que correr, ya andaban bien pedos, además eran unos cabrones que ni conozco, ya ni supe quién los trajo…
L – Pensé que seguiría hasta el amanecer ¿Te metiste algo? Suenas alterado.
R - Pues…si, unas líneas inofensivas, nada grave.
L -Nada grave…
R – ¿Estás solo?
L – Si. ¿Por? (una mano femenina acaricia el rostro de L.)
R – Por nada, estaba pensando en ir a verte.
L – ¿Estás consciente de que son las tres de la mañana?
R – De todas formas sigues despierto.
L - ¿Para qué quieres venir?
R – No se…para platicar.
L – Podemos platicar por teléfono, además en la peda ni me pelaste.
R –Ya, no seas mamón, es sólo que tenía ganas de hablar con alguien sin necesidad de sonreír o decir salud cada cinco minutos.
L – No suena a que estés muy bien. Pero tampoco deberías manejar, no estás en condiciones.
R – He estado en peores y llegado más lejos.
L – Si quieres puedo ir a tu casa.
R – Las casas de fiesta son deprimentes cuando se vacían. El piso está pegajoso.
L – Mejor deberías de limpiar en vez de andar saliendo a estas horas.
R – Pero no quiero limpiar sólo, más bien el pedo es que no sé dónde está E.
L –¿Cómo? ¿Perdiste a tu esposa en la fiesta de tu propia casa? (L. recibe un silencioso beso en la frente, la mujer sale por la puerta)
R – Pues no está. ¿Sabes algo de ella?
L - ¿Yo? No, nada. Casi no platiqué con ella hoy. ¿Se pelearon?
R – No que yo sepa, aunque estuvo algo distante. La dejé de ver desde que te fuiste más o menos.
L – Pues no me dijo nada cuando me despedí de ella.
R – ¿No la viste con alguien más?
L – Estaba sola cuando me despedí.
R – Ya estoy medio preocupado cabrón.
L – Tranquilo, seguro regresa en un rato, sólo un malentendido.
R - ¿Pero a qué carajos saldría a las tres de la mañana?
L – ¿Ya viste si Miper esta ahí? Igual lo sacó a pasear. Igual se enojó de que andabas de coco. Igual te vio con otra vieja…
R – No creo, no me vio haciendo nada.
L – ¿Has escuchado del sexto sentido femenino?
R – Esas son pendejadas.
L – ¿Ya checaste si esta el perro?
R – Es lo que estoy haciendo, no lo veo.
L – Seguro que sacó al perro, además, si dices que andabas ahí haciendo mamadas.
R – No creo, más bien la dejé de ver desde hace rato, pensé que tal vez se había ido contigo.
L – No, para nada. ¿Por qué habría de estar conmigo?
R - A ver espérame, creo que ya llegó.
L – Ya ves wey, y seguro trae al perro.
R – Si, ya llegó, y efectivamente viene con el perro. Pues bueno, voy a ver qué pedo, disculpa las horas.
L – No es molestia, más bien buena suerte, a ver si no te toca chinga (L. cuelga y se tropieza con un tazón en el piso de la cocina, toma un vaso con agua y vuelve a la cama).
“Tráeme doscientos de mota y dos de las nuevas pastillas rojas” solicitó Roco al teléfono.
- Dos Dutos y doscientos de hierba. Quinientos en total mi hermano. ¿A las ocho en el bar?
- Ya estás, ahí nos vemos.
Duto era el nuevo producto que habían desarrollado los cárteles mexicanos, una pastilla de ingredientes ignorados pero efectos mitificables. Tenía unos meses de haberse esparcido por distintos sectores sociales, desde que el gremio del narco se había unido a nivel nacional la inversión en investigación y desarrollo de sus productos superaba al presupuesto de varios países, los resultados se veían en drogas más fáciles de esconder, con mejores y más prolongados resultados, bajos costos, reducción de efectos secundarios. Al poco tiempo ya era considerada por muchos la droga perfecta.
Roco había invitado a salir a una compañera de la Universidad, Regina. Habían pactado salir el viernes, probar un par de pastillas de Duto y dejar que la noche hablara por sí sola. Roco no estaba tan interesado en probar la novedosa droga, de hecho no era un consumidor asiduo pero la mujer le parecía muy atractiva, razón suficiente para experimentar. El plan había sido apalabrado el martes y a partir de ese día no pudo dejar de pensar en el asunto, las expectativas subían y bajaban por sus vértebras, el calendario se prolongaba con frsutrante e inusual parsimonia.
Roco llamó a Beto para que lo acompañara al bar. Beto ya había probado el Duto y tenía más experiencia en el trato con vendedores de drogas, quedaron de verse a las siete para tomarse unas cervezas previas a la transacción. Beto estudiaba Administración; aunque no le apasionara la academia asistía a clases para evitar el reclutamiento, la guerra contra el narco dejaba cada día más muertos, sobre todo del lado del ejército, y no parecía tener fin, llevaban así casi una decada y la desesperación en las filas verdes se hacía notar.
Antes de salir de casa, Roco no pudo contener la ganas de darle las buenas noticias a Regina Desde que obtuvo su teléfono se había sentido tentado a marcar o mandar un mensaje, aunque fuera para saludar, pero siempre se arrepentía al último segundo, no quería parecer muy insistente y ahuyentarla. Sin embargo, eran buenas noticias, merecían ser anunciadas. Temió de nuevo ser demasiado entusiasta, así que mando un mensaje en vez de llamar: Todo indica que este viernes será Duty free. Se sintió estúpido después de enviar el mensaje.
Regina lo llamó.
- ¿Ya los conseguiste?
- No, bueno sí, en eso ando, ahorita voy a ir por ellos, quedé a las ocho.
- ¿Dónde?
- En un bar, ahí me quedé de ver con el tipo que me las va a vender
- ¿Cuál bar?
- ¿Por qué? ¿Quieres venir?
- No, sólo pregunto, no me gusta lidiar con los vendedores, no me gusta su tipo.
- A mi tampoco. Quedamos en el Bar Mosca, en la esquina de la dos y la nueve.
- ¿No quieres que te vea para darte dinero?
- No, ya iba de salida, además estos van por mi cuenta.
Regina agradeció cariñosamente, aseguró que ya tenía ganas de que fuera viernes y le deseó suerte. Roco se sintió bien, creyó palpar el orgullo desde el profundo inconsciente de todo hombre al traer las provisiones a la casa, el instinto del cazador.
Debido a la llamada llegó con un retraso de unos cuantos minutos. Beto no estaba. Le marco varias veces sin éxito. Beto no era famoso por puntual así que no se preocupó y pidió una cerveza, sentado en la barra imaginó los muslos de Regina, tal vez sonrió en ese momento pero nadie lo vio, al cabo de dos cervezas más y un cigarrillo en la banqueta asumió que tendría que lidiar solo con el vendedor.
Había poca gente en el lugar, desde que se habían regularizado los toques de queda la gente ya no salía mucho. Sólo había una mesa más con tres hombres morenos de mediana edad vestidos con trajes negros. Roco se sentía incómodo bebiendo solo, le atribuía a su condición la sensación de ser observado, Aún así esperó hasta las ocho; volteaba a ver su reloj con frecuencia y salía a la calle a asomarse ocasionalmente con un cigarro apagado en la boca. Desde la entrada del lugar veía con ilusión luces de autos que podían ser de Beto, pero no lo eran. También pensaba que en algún momento tal vez Regina podría aparecer, como una sorpresa, pero eso tampoco sucedió.
A las ocho y cuarto los tres hombres se le acercaron con serenidad, “¿Rodrigo Rodríguez?”. Roco asintió con la cabeza.
- Sí. ¿Por?
- Ya sabemos qué estás buscando pinche chamaco, vas a tener que acompañarnos.
El viernes, varios diarios mostraban entre sus páginas: “Denuncia civil recompensada: reciente táctica en Guerra contra el Narco”. Roco nunca volvió a ver ni a Beto ni a Regina.
jueves, mayo 21, 2009
Henry Miller
La constante interrogante acompañada de juicio de los aún vivos, los siempre vivos. Injusto ese juicio al que se enfrentan los suicidados que ya no se pueden defender por propia boca. Los vivos sobrevaloran lo único que tienen, por temor o ignorancia, o ninguna de las anteriores, el ser en vida suele carecer de interés profundo a rechazar lo único de lo que cree tener control, la única decisión que puede hacer, o sí, tal vez, la mejor huida de una deuda bancaria o una enfermedad terminal. Algunos los acusan de evadir la realidad, cuando son los que en determinado momento puedan sentir más sed de descifrar lo que esto significa; las engañosas estadísticas aunadas a la confusa ficción, los matizan entre jóvenes en desamor o ciudadanos de países súper desarrollados que tienen garantizado un subsistir cómodo; es decir: cada suicida es su propio tipo de suicida, esto no los hace particularmente especiales, seguramente vuela por ahí más de una tesis que encuentre sus coincidencias, interesantes seguramente. Aunque igual o más interesante son sus variaciones. Desde el tipo que se dejó llevar por la desazón y se bajó por la garganta una botella de Drano, hasta Jorge Cuesta y su fin en Tlalpan, pasando por un sinnúmero de celebridades, desconocidos, jóvenes, viejos, hombres, mujeres y sobre todo: razones. Los suicidas no sólo escapan sino que prevén, como George Eastman Kodak, que en su nota de despedida escribió ‘Mi trabajo se ha hecho ¿Por qué esperar?’ aunque murió viejo, lo cual hace que su nota haya perdido fuerza. Otro tipo es el que se devota a un lento proceso deliberado, lento en comparación con el tiempo de diferencia entre el techo y el suelo, pero igual acelerado y sobre todo, deliberado, que es lo que sigue convirtiéndolo en suicidio. De este tipo hay los que prefieren el trago, otros el humo, otros cuantos cosas más fuertes y otros de plano una combinación alternada de todo, a veces esta variedad parece apostarle a la sonrisa efímera en el proceso, a veces todo lo contrario. Lo que también es cierto es que al suicida se le ha sobrevalorado, por la simple razón de que comete algo que en el fondo cualquiera llega a considerar, aunque no siempre lo acepte. Es comprensible pues, ponerle altares al que murió románticamente con la escopeta en la boca o las venas derramadas, de ser posible, en una bañera por eso de la estética. Altares de otro tipo, le otorga Roberto Bolaño a algunos suicidas latinoamericanos:
…tenemos suicidas ejemplares. Pienso en Violeta Parra, que compuso algunas de las mejores canciones de nuestro continente y […] se descerrajó un balazo junto a la carpa en donde cada noche cantaba y aullaba. Pienso en Alfonsina Sorni, la mujer más talentosa de Argentina, que se ahogó en el Río de la Plata. Pienso en Jorge Cuesta, escritor mexicano y homosexual, que antes de meter la cabeza en una bolsa, se enmasculó y clavó sus testículos en la puerta de su dormitorio, como un último regalo no correspondido. Estos suicidas ejemplares y sus hermanos gemelos, los que permanecen bajo la tormenta (entre otras cosas no porque les guste permanecer allí sino porque no tienen otro sitio adonde ir), hacen pensar que no todo está perdido, como la ola de neoliberalismo y el nuevo rebrote clerical pretenden elevar a categoría de dogma…a los innumerables asesinados por la represión hay que añadir a los suicidados por la razón, a favor de la razón, que es también el lugar donde vive el humor.
Para el Estado es la pregunta sin resolver, las letras más pequeñas del contrato que con asterisco evidencian las grietas del sistema jurídico: no sabemos que hacer con los suicidas por que no podemos castigarlos. Sin embargo legalmente sigue siendo un homicidio, de ahí lo absurdo como una ley antitabaco que parece decir ‘incluso le prohibimos matarse’. Por supuesto que al suicida poco o menos le importa que le prohíban sus planes. Los propios grupos humanos son suicidas que, como a los políticos, soplones y policías mexicanos: los suicidan, sólo que a los bloques de civilización humana los va suicidando el tiempo. Para considerarlo es necesaria una especie de alegórica comparación, pues en otras especies animales existen casos de suicidios masivos, hay registro de sesenta ballenas estrellándose contra las rocas con singular movimiento de apariencia voluntaria, una especie de brinquito que da el que se hace un nudo para meter el cuello pero con otros cincuenta y nueve simultáneamente; en la categoría individual (la más recurrente entre los nuestros) existen casos mitificables y mitificados, como los hipocampos o caballitos de mar, que se dejan morir cuando su pareja los deja, o una especie de cóndor monógamo que se deja caer desde las alturas cuando muere su pareja. Aunque difícil de creer, existe una extensa cantidad de casos de mascotas que se dejan morir ante la pérdida de un ser cercano, como el perro al que le hicieron una estatua frente a un cementerio en Edimburgo, que al morir su dueño, lo siguió a la lápida y se dejó morir a su lado.
El suicidado será siempre una interrogante para el que se queda, como la madre soltera que espera por su esposo que salió a comprar cigarros hace treinta años, el vivo se cuestiona si el que se adelantó recibirá su castigo en el otro mundo que teme pero ansía ver, o sobre todo, teme pero ansía creer en él. Resulta natural pensar en la capacidad de suicidio en otras especies, al fin y al cabo es relativamente fácil pensar en un mayor tormento y desesperanza de un perro callejero en Yucatán o un chimpancé de circo. Basta con menos de lo que aparenta para convencer a cualquier vecino de que la vida es de repuesto, común y sobrevalorada, y tal vez podría costar lo mismo o menos convencer al suicida en potencia de lo contrario, y ésta puede que sea la razón de la congoja de sus familiares cercanos al que, posiblemente, le guarden mucho rencor u odio, igual comprensible. No obstante mucho más ensalzado que el común panegírico que Julio Torri atribuyó a la oratoria fúnebre. Esto refiere a otra de las pocas garantías del suicidado, se le convierte en una especie de leyenda, la muerte poco ortodoxa, esto puede variar si uno vive en una época en la que el suicidio esta en boga, en ese caso seguramente será mayor leyenda el que fue partido por un rayo.
Como sea, el suicidio suele ir cargado de una lección, de una metáfora o ironía, si bien logrado el hecho puede tener un significado, es una muerte particular que deja más de lo que deja una común y corriente, una natural. Aunque, si se es lo suficientemente quisquilloso, cualquier muerte puede incluir algún buen significado. He ahí lo complejo del suicidio, he ahí lo vital y necesario que resulta a un sistema de vida basado en la muerte, he ahí la importancia de que el oro no es oro, sino una piedra que lleva el fluir del río.
sábado, abril 25, 2009
viernes, marzo 27, 2009
martes, marzo 10, 2009
El crápula perdido
En este negocio el que no es poeta o novelista de tercera persona se quedó colgado del trapecio en el aire fuera del circo. Qué más da. ¡Cómo va a saber un pobre hijo de vecino lo que están pensando dos o tres o cuatro personajes! ¡No sabe uno lo que está pensando uno mismo con esta turbulencia de cerebro va a saber lo que piensa el prójimo! ¡Al diablo con la omnisciencia y la novela!
Fernando Vallejo
Hace falta una especie de Henry Miller mexicano. Claro, está Fernando Vallejo, que no es mexicano pero aquí vive y en algo se le puede parecer, pero no basta. Hace falta un escritor mexicano que sea muy sexual, si se puede homosexual mejor, que sea un gran argumentador anticlerical, antigubernamental, antifamiliar; que repudie la reproducción, los días feriados, los millonarios mal habidos, los jodidos pedinches, el narcotráfico, el rancio nacionalismo, la concentración mediática, las megaurbes, el campo idealizado, el PAN, el PRI, el PRD y los demás, el centralismo, el provincialismo, el analfabetismo, la moral latinoamericana, los hipócritas discursos mediáticos, políticos, civiles e individuales, que esté enojado pues, incluso consigo mismo. Que sus críticos de mentes encandiladas lo tachen de misógino, de vulgar, de anárquico, de fascista, de comunista, de pornográfico, de escandaloso, de inconveniente, de indecente, de indecoroso, de burlón, de exagerado, de pesimista, de existencialista, de malinchista, de pretencioso, de envidioso, de resentido, de irrespetuoso y por supuesto, de puto.
Hace falta un Miller o un Vallejo que hablen desde el ‘yo’ sin miedo, que su ficción no viva en la tercera persona de un pueblo reemplazable de cualquier país latinoamericano, es más, que su ficción no parezca ficción. Que sus personajes no se basen en arquetipos regionales: la puta, el padre, el presidente, el asesino; esos ya nos los sabemos. Que denuncie desde el ‘yo’ todo lo que le sucede alrededor, que material no le faltará. Que no acepte premios ni le de la mano al presidente, al contrario, que lo mande a la chingada y sea coherente. Que de viejo no reciba homenajes, o mejor aún, que no llegue a viejo y muera de alguna enfermedad de transmisión sexual, de algún vicio exagerado o de un suicidio solitario. Pero que antes de eso no sea ni embajador, ni agregado cultural, ni rector, ni parte del consejo de Letras Libres. Que no se desgaste intentando estar en los banquetes de intelectuales y artistas, si se puede, que no crea en estos términos. De preferencia, que no sea ni del DF, de Guadalajara o Monterrey y si lo es que no sea de sus centros ni de sus colonias ricas. Que si lo entrevistan para la televisión le teman, o que ni siquiera lo quieran invitar. Que sus padres no sean ni adinerados, ni escritores, ni famosos ni se autodenominen artistas. Que publique por montón y que sea versátil: que brinque del cuento a la poesía sin dejar de ser igual de enérgico. Que no respete a Borges ni a Rulfo ni a Paz ni a García Márquez ni a Fuentes ni a Cortázar. No que tenga algo en contra de ellos, o tal vez sí contra más de uno, pero que no tenga el más mínimo interés en seguirlos reproduciendo.
Un escritor que en sus novelas de primerísima persona no tema mencionar los nombres de sus familiares y conocidos, que no limite la explicitad de sus encuentros sexuales, que no disimule su sentir. Vaya, un escritor mexicano que no se autocensure, ni por su moral, ni por sus conocidos, ni por una convocatoria, ni por dinero, mucho menos por su editorial o su mujer (u hombre). Pero sobre todo, que no se autocensure por miedo.
Un autor que se defienda por si solo, sin generación, sin ‘boom’ ni ‘crack’ ni nada. Que esté consciente de sí mismo, de la historia, de la naturaleza, de la suya y la de su país. Que se ría de todo, pero no como alternativa nerviosa sino con humor deliberado, a veces negro a veces rojo, sin caer en el albur fácil ni en la ironía inmediata. Que no escriba sobre la Revolución Mexicana a sus cien años. Que no le tema a la muerte. Que no por ser el Miller mexicano intente imitarlo a toda costa, o más, que deteste esta burda comparación.
sábado, enero 31, 2009
Ella, sus teclas, nuestra relación
El primer contacto que tuve con una computadora fue hace más de diez años, tal vez más de quince. Yo era un niño y la pantalla negra con recuadros parpadeantes en luz anaranjada no me parecía tan nueva ni impresionante: nada que no hubiera visto en la televisión. Resultaba lógico que consiguiera con su debido tiempo, los productos que aparecían en pantalla. Conseguir una computadora había sido cuestión de tiempo y ahora estaba frente a mí, como la de Batman o la de Zabludowsky: un teclado rígido, carcasa plástica gruesa que contenía una pantalla negra, sólo variaban los tonos de las luces parpadeantes: blanca, amarilla, algunas pocas incluso verdes, pero la mía era naranja.
El lenguaje para comunicarse con estos armatostes era complejo, muchos ‘//’ y ‘--‘, muchos puntos y palabras abreviadas al más estilo gringo. Que no es inglés precisamente, sino el resultado de una sincera tradición por abreviar las palabras. Ni siquiera recuerdo las operaciones o actividades mentales artificiales que era capaz de ejercer el aparato. Sólo recuerdo una: un código de casi dos renglones que mostraba a Madonna enseñando una chichi. Lo memoricé, al darle ‘enter’, la tecla más gorda, iba apareciendo la cantante que tanto le gustaba a mi tía la más joven y a mi prima la más grande, de abajo a arriba con un bip por cada centímetro subido, y enseñándome su seno en pixeles anaranjados. Ahí comenzó la relación con la computadora.
Desde ese día su forma ha cambiado y diversificado, sus funciones son más complejas; el contenido de su pantalla ha rebasado al de la televisión, ayudó sin duda a que me despidiera de esa otra máquina, estúpida niñera boba, perra adictiva. Recuerdo buena parte de mi infancia y adolescencia frente a ella, consciente del desperdicio de oxígeno que generaba, sí, pero hipnotizado auténticamente. En fin, eso le agradecí al ‘ordenador’, castizo término que resulta más apropiado para la relación que con este se ha ido desarrollando. Ordenador.
Absorbe mis textos, mis fotografías, mi música, mi vida privada limitante con mi vida pública. Maneja un doble discurso, aparenta sencillez y una blancura en su buscador por excelencia, imponente ventana al universo humano: Google. Pero cuando el servidor presenta sus ‘Términos’, más bien parecen el contrato de venta de alma, letras pequeñitas y dos cuadritos para dar click, aceptas o no.
Varias veces he considerado seriamente hacer el intento por borrar mis identidades virtuales. En algunos casos lo he logrado. Pero en su mayoría me cuesta trabajo, borrarlas sería como quemar un álbum de fotos, y no me molestan las fotos sino el álbum, galería pública sin control, no depende de mí quien las muestra ni quien las ve, mucho menos de cuales son expuestas. Galería que rebate a mi memoria.
Mi padre se queja de mi madre por dedicar más tiempo en teclado y mouse que en él, pero recibo de su parte a veces cinco cadenas diarias, a veces más. Reenvío infinito de letrillas corriendo por montones en el mundo. En distintos idiomas. Más o menos diciendo lo mismo una y otra vez.
En contrapeso se puede agradecer que pueda encontrar una receta extravagante para cocinar pasta en tan sólo segundos, que los académicos se den de topes al hacerlo instrumento básico de estudios y recibir en cambio, la mayor cantidad de plagios en su historia, resulta maravilloso ver videos sobre gente haciendo el ridículo en distintas partes del mundo, nido de los espontáneos y brevísimos famosos contemporáneos. Un sin fin de posibilidades ofrece la computadora: ver a gente de todo el mundo follando en todas las posiciones imaginadas, tener conversaciones innecesarias con personas desconocidas que se presentan con una foto chiquita y un cuadro de texto, conseguir música gratis, a veces por el simple hecho de conseguirla, dejar de comprar el periódico, revistas o incluso comprar presencialmente. Dejar de usar el teléfono, de prender el televisor o la radio, de ir al cine, de salir a la calle. Dejar de abrir un libro. Pero sobre todo, lo que logra la máquina, es dejar una sensación de que todos ven los mismos videos, escuchan la misma música, leen las mismas noticias, se la jalan viendo el mismo porno, y al mismo tiempo.
Por abierta y libre que parezca la red, si en China tecleo el nombre de un activista/preso político en el buscador, la máquina que usé se bloquearía y en poco tiempo llegaría algún representante del estado a indagar sobre mi búsqueda. No hay que olvidar que al fin y al cabo, esto que nos interconecta es tecnología militar. Tan noble toda ella.
Lo más curioso es la interdependencia del uno con el otro, nos parecemos cada vez más a nuestras máquinas y viceversa, las relaciones de pareja se confirman y anuncian virtualmente, si no, no son oficiales, somos nuestra foto de perfil, nos avalamos en el resultado de la búsqueda de nosotros mismos. Somos lo que ellas dicen que somos, y si no, no somos. Cada vez nos convertimos más el uno en el otro. Poco ayuda mi sensible paranoia general, mucho menos ayuda leer a K. Dick:
Así que nosotros y nuestras elaboradas computadoras en evolución podríamos toparnos el uno al otro a la mitad del camino. Algún día un ser humano, llamado tal vez Fred White, pueda dispararle a un robot llamado Pete Something-u-otro, quien ha salido de una fábrica de la General Electric, y para su sorpresa lo ve sufrir y sangrar. Y puede que el robot moribundo dispare en defensa, y para su sorpresa, vea una corriente de humo gris saliendo de la bomba eléctrica que suponía ser el corazón latente del Sr. White. Sería un gran momento de verdad para ambos
Con esto echo a andar las posibilidades, tal vez Michael Jackson sea un robot, Carlos Fuentes, Slim, Obama, Palou. La lista es infinita. Si lo fueran, mi percepción no cambiaría mucho de ellos. De alguna forma no dista tanto la función humana que la de la computadora, más de unos que de otros. Herramientas públicas, condicionadas, controladoras, renovables. Así pues, le entrego el texto al disco duro. Que se lo trague para que luego lo escupa a la red. Para todos ustedes.


