jueves, enero 22, 2009

Prólogo conclusivo



No soy un texto. Soy materia en descomposición, digestión de pensamientos de otros, transición cíclica, punto de una línea. Si fuera un texto ya estaría muerto. Aunque, de alguna forma, probablemente ya lo esté.

Soy producto de la suburbia gris, limbo sobrepoblado que orbita la megaciudad. Quimera clasemediera frustrada entre fábricas y centros comerciales, eso es todo lo que hay, corredores industriales adheridos al periférico interrumpidos de vez en cuando por paraísos del consumo: cines con carteleras repetitivas, trapos carísimos.

 Vías rápidas convertidas en estacionamientos diurnos. Los sueños de una generación de migrantes mediocres se desmoronan alrededor, migrantes que fueron al norte inmediato, el que empieza después del campo militar número 1, del recién demolido Toreo, de unas espantosas torres coloridas que en principio fueron contenedores de agua y ahora son basureros, lienzo de grafiteros sin talento. Estas vialidades son la galería demográfica de nosotros, los que salieron por que quisieron y los que no, los que ahí les tocó cuando llegaron, los dormitorios masivos, las interminables filas de autos.

Hace veinte años viví feliz allí. Un parque con ciervos en cautiverio. Un río vivo y veloz. Mi casa en las alturas de un cerro, su vista al inmenso manto de luces que se fue ampliando sin control. Mis amigos en los parques, en las banquetas amplias de las zonas residenciales, en los centros comerciales de cielos artificiales. La vista desde los seguros hombros de mi padre, sus bromas picantes, sus manos grandes; mi madre y su dulce voz, mi madre y sus brazos que congelan el tiempo y desaparecen el espacio, mi madre embarazada y mi hermano. Y en los fines de semana: la ciudad. La ciudad con sus luces, sus universidades, sus teatros y restaurantes lujosos, sus cruces peatonales. Como pocas veces, los urbanistas fueron acertados al bautizar la zona, Ciudad Satélite. Girando alrededor de algo a lo que no pertenece. Interdependencia sistémica. Alienada población trabajadora entre arribismo burdo y conformismo obligado.

El autor da una calada al cigarrillo y exprime a la memoria. Considera que hablar sobre su felicidad resulta aburrido y genérico, lo confunde esta razón, tal vez crea esto porque ahora es feliz, pero no se atrevería a afirmarlo por la posibilidad de perderlo. “La palabra crea para después destruir” piensa.

La inocente felicidad se desvaneció cuando tomé el volante, cuando me volví parte de esas luces que veía desde el cerro. En ese advenimiento me convertí en una sombra, una persona sin identidad, ni chilango ni mexiquense, ni citadino ni provinciano. Pero eso sólo me importaba a mí. Mis amigos estaban muy preocupados por ver quién aguantaba más tequilas mientras yo sentía que aquello era un escenario triste, la cena insaciable del condenado a muerte.

No culpo a mis padres, al fin y al cabo ellos huyeron de barrios que ahora asemejan más a una favela que al escenario feliz de sus infancias. En realidad no culpo a nadie más que a mí, por desear otra tierra, por no hablar jactancioso de mi localidad, por sentirme aislado de mis conurbanos, por disconforme.

La culpa lo persigue desde siempre, cree que ella es quien lo ha expulsado, culpa de no sentirse culpable, culpa de no merecer, de no hacer por tener, de hacer y dejar de hacer. Por eso detesta entrar a una iglesia, la parafernalia católica no hace más que inculpar, como la ley, como el otro.

Desarraigo suburbial

No tardé mucho en salir. Apenas terminé la preparatoria emprendí una búsqueda de la residencia óptima, el espacio del que hablaría como si fuera mi casa. Creí que eso sería posible. Me despedí de las mujeres de mi adolescencia, fui a los lugares que alguna vez habían sido escenario de mi felicidad, fumé a un lado del río ahora seco, del parque sin ciervos, del panorama de luces citadinas. Me despedí de familiares y amigos, sabiendo que a partir de ese día  sería un visitante en lo que alguna vez fue mi casa.

No volví a encontrar una casa, desde que salí hice una o dos mudanzas al año, reduje mi equipaje a lo elemental y me acostumbré a decir adiós. He llamado por cobrar desde Londres y Moscú para establecer conversaciones superficiales sobre mi estado “estoy bien”, “hace frío”, “aquí son las dos de la mañana”.

Cholula, Puebla.

Provincianos jóvenes y adinerados, foráneos rubios con ropas chiapanecas, bicicletas salvajes, perros dueños de calles adoquinadas, cholultecas discretos. Entre rentas bajas y colegiaturas desmesuradas pasé mis estudios universitarios. Desilusión académica. Aulas reculas e individuos aún más. Gobernantes feudales de ciudadanos convenientemente olvidadizos. Inconformidad continua, exacerbada. ¿Justificada?

El autor suspira y piensa en sus momentos de conformidad: en los muslos desnudos de su mujer, las sobremesas en un restaurante con sus padres y su hermano, cuando fumó marihuana por primera vez y equivocadamente la mezcló con el tequila más risueño, en ella y sus senos, en ella y su apasionada discusión, en ella. “Que efímera es mi conformidad”. Este pensamiento lo incomoda, lo acongoja.

Si fuera un texto estaría incompleto. Sería la introducción de un personaje en búsqueda del hogar. Podría haber una reflexión por cada lugar que el personaje haya pisado, por la mujer que ha amado, por las otras tantas que temporalmente lo cautivaron, de amistades evaporadas con el humo, de los momentos de rabia, de una paliza recibida en un parque inglés o de un taxista que lo anestesió y robó en San Petersburgo, del odio que siente por la policía mexicana y su clase gobernante. Si el autor pretendiera ser conclusivo podría escribir sobre el regreso a la suburbia, ser un extraño en casa y un fantasma con sus amigos, de la tristeza de ver que nada cambia y que si cambia es en conjunto, no como él, no con él. Pero este es un texto incompleto, por que el personaje es joven e inmaduro. No está incompleto por que no tenga final, sino porque el desarrollo es inexistente. El final existe, el personaje no encuentra su casa, la perdió para siempre cuando tomó el volante, cuando dijo adiós y se acostumbró a ello, luego muere, y con eso, el personaje finalmente es texto. Mientras tanto: no soy un texto.