sábado, mayo 14, 2011

Epigramas

Hizo muchos planes. No cumplió ninguno. Cada día era un nuevo fracaso, pero cada día era también una nueva aurora y un fuego imperecedero encendía cada día en él el deseo de las cosas perfectas que no se realizan. Un soplo eterno reanimaba, diariamente, la potencia intacta y estéril.

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La vida, como un soplo remoto, pasó entre sus dedos, íntima y ajena. De su visita quedó la huella del viento que agitó las hojas.

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Pero ahora ¿qué importa un año más en el tiempo de un muerto? Quisiera morir silenciosamente, sin dejar una huella, como muere una música lejana en un oído inatento

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Después de haber construido, chinescamente, un agradable, plácido y optimista universo en el que todos los hombres eran buenos y sin cuerpo, y todas las mujeres bellas y sin alma, sufrió un desengaño. Su vida fue, desde entonces, una rectificación trascendental, un gemido dogmático, un lamento agresivo. Era un Hamlet sin ideas generales.

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Quisiera morir navegando en una bella frase.
—Quisiera morir arrastrando un recuerdo bondadoso.
—Quisiera morir disuelto en un paisaje.
—Quisiera morir en el fulgor de una idea, momificado entre los claros términos de un silogismo.
—Quisiera morir silenciosamente, sin dejar una huella, como muere una música lejana en un oído inatento.


Carlos Díaz Dufoo Jr.